Nuestras Convicciones Esenciales

Somos una iglesia que se basa en la Palabra de Dios como autoridad suprema. No somos un pueblo que adore a la Biblia, sino que somos un pueblo que adora al Dios de la Biblia. Reconocemos que en ella se encuentra todo lo que necesitamos para conocer a Dios y vivir y morir como cristianos (2ª Timoteo 3:16-17). La razón por la que comenzamos dejando esto en claro es que hoy existen cientos de movimientos que reclaman para sí el título de “cristiano”, pero no basan sus vidas y enseñanzas en la Biblia. Esto no es de extrañar, puesto que Jesús y sus apóstoles nos adviertieron que se levantarían falsos maestros, falsos profetas, engañadores, obreros fraudulentos. Por esto es que en nuestros días es necesario levantar bien en alto la verdad apostólica: “Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido, nada sabe, y delira acerca de cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas, disputas necias de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales.” (1ª Timoteo 6:3-5).

Debido a que estamos comprometidos con Dios y su Palabra, es que somos una iglesia confesional. Cuando decimos que somos una “iglesia confesional” estamos queriendo decir que nuestra iglesia tiene una confesión de fe explícita, escrita, documentada, acerca de las principales enseñanzas de la Biblia. Algunos reniegan de las confesiones de fe (si bien estas se usaron desde los inicios del cristianismo); pero lo cierto es que cuando una persona, iglesia o misión dice algo tan sencillo como “Creemos en Jesús”, ya está haciendo una confesión de fe. En un sentido, todos somos confesionales, todos tenemos una confesión de fe, sea que ésta se encuentre escrita o que esté implícita. Nosotros, buscando andar en integridad y con limpia conciencia, preferimos que usted conozca desde un principio las cosas que son creídas y amadas en medio nuestro.

Introducción

Hace alrededor de 2000 años el apóstol Pablo le escribía al joven Timoteo: “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado” (1ª Timoteo 6:20). Pablo deseaba que su hijo Timoteo se ocupara con perseverancia de permanecer en aquellas cosas que había aprendido, “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello…” ¿Por qué tanta insistencia en la fidelidad al testimonio de las Escrituras? La respuesta la había dado anteriormente: “…pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren.” (1ª Timoteo 4:16). La razón era sencilla: una infinita gama de problemas atacarían a la Iglesia; falsos maestros (1:3-4), deseos carnales (6:9-10) y hasta fuerzas demoníacas (4:1) estaban obrando contra la Iglesia de Dios. Si Timoteo no guardaba una doctrina correcta, un correcto entendimiento de la Palabra de Dios, entonces él y sus oyentes quedarían expuestos a caer en la ruina espiritual. Y no sólo eso sino que incluso muchos quedarían lejos de alcanzar la salvación de Dios.

El mensaje de Pablo no era nuevo, sino un eco del viejo mensaje de Dios dado a sus siervos. Cientos de años antes el profeta Oseas pronunciaba de parte de Dios un mensaje similar; “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento.” (Oseas 4:6). El mensaje de Pablo y el de Oseas era el mensaje de Dios. En efecto, Jesús mismo, el Dios encarnado, pronunciaría una declaración que haría rechinar los oídos de quienes le oían y no comprendían que se encontraban frente al Dios vivo, “De cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra, nunca verá muerte.” (Juan 8:51).

Lamentablemente, la opinión de Pablo, de Oseas y del propio Jesús, no goza de popularidad en nuestros días. Nuestro mundo se ha vuelto al pasar los siglos más y más relativista. La verdad ya no es tan importante; es más, muchos niegan enfáticamente que exista algo así como “la verdad”. No importa cuán diferentes sean nuestras opiniones; contra toda razón y pensamiento serio se nos dice que, probablemente, ¡todos tengamos razón! Se valora a quienes dicen buscar la verdad, pero se detesta a aquellos que osan decir que la encontraron.

Por otra parte, trágicamente un sector no pequeño de las iglesias evangélicas y protestantes ha contribuido al alejamiento de la verdad. “La doctrina no es importante, lo que necesitamos es una vida de cristianismo práctico”, dicen algunos; “La teología no es importante, lo que necesitamos es una experiencia personal con Jesús”, dicen algunos otros. Y aunque ambas afirmaciones poseen algo de verdad (¡Sí!, necesitamos vidas que confirmen lo que decimos creer; y, ¡sí!, no podemos ser cristianos a menos que tengamos una relación real con un Dios real) lo cierto es que el desprecio a una búsqueda de doctrina fiel, el desprecio a una teología sólida, ha sido una especie de veneno que ha infectado a quienes sostienen tales cosas. La razón de esto es sencilla pero profunda: es imposible vivir una vida piadosa y es imposible tener una relación con el Dios verdadero si no conozco quién es, cómo actúa, qué hizo, qué hará y qué espera de mí. Amar a Dios y guardar su Palabra son dos realidades inseparables (Juan 14:14, 23-24).

Por todo esto es que estamos comprometidos a anunciar todo el consejo de Dios. Estamos convencidos de que a medida que la Palabra de Dios encuentra cabida en nosotros, somos poderosamente transformados a la imagen de Cristo mientras el Espíritu Santo ilumina nuestro entendimiento y llegamos a conocer y a disfrutar al Dios vivo y verdadero.

En medio de estos tiempos de desconcierto, tanto en el mundo como dentro de gran parte del pueblo evangélico, publicamos esta Confesión de Fe con la esperanza de que sea de bendición, edificación y confirmación en la fe tanto para los miembros de Familia de la Gracia como para todos aquellos que lleguen a leer esta declaración. No creemos que esta Confesión sea infalible puesto que somos hombres falibles y al igual que este documento estamos sujetos a la revisión y corrección de la Biblia. Tampoco pretendemos ni por un momento que su autoridad sea puesta a la par de las Escrituras. Lo que en esta Confesión de Fe hemos buscado hacer es exponer aquellas cosas que creemos que las Escrituras enseñan; de manera que no es nuestra intención que guarden u oigan lo que este documento dice, sino que sean dirigidos a la Biblia y que guarden y oigan lo que Dios mismo nos dice en ella.

No creemos que uno deba creer todo lo expresado en esta Confesión para ser salvo; hay verdades que ocupan un lugar más fundamental en relación a otras, particularmente aquellas que se relacionan con nuestra pecaminosidad, el carácter de Dios y la obra salvífica de Cristo. No obstante, no es nuestro interés encontrar “lo mínimo” que se pueda creer para ser salvos y luego dejar todo el resto, sino que estamos convencidos que el mayor bien para nuestras almas y la verdadera unidad de la Iglesia se logran estableciendo los límites bíblicos con claridad, y luego reuniéndonos dentro de esos límites mientras seguimos la verdad en amor. Tampoco presumimos de haber desarrollado o descubierto algo novedoso, sino que humilde y felizmente confesamos creer lo mismo que han creído millones de cristianos a lo largo de los siglos; por esto es que reconocemos que gran parte de este documento no es de nuestra autoría, sino que ha sido recopilado de diversos documentos de la fe cristiana, algunos históricos tales como la Confesión de Fe de Westminster, la Confesión Bautista de Fe de 1689, los Cánones de Dort y el Catecismo de Heidelberg, y algunos contemporáneos como la afirmación de Fe de los ancianos de Bethlehem Baptist Church y los Fundamentos Doctrinales de Grace Community Church (San Antonio, Texas). A todos ellos, nuestro reconocimiento y agradecimiento.

Con nuestro deseo y oración de que este documento confirme la fe de los santos y sirva como testimonio de aquellas cosas que entre nosotros son creídas y amadas, es que hacemos entrega de esta Confesión de Fe a ustedes, nuestros hermanos de Familia de la Gracia del Señor Jesucristo. Que Sus palabras permanezcan en nosotros, para que Él (nuestro Señor Jesús) permanezca en nosotros y nosotros en Él, porque “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.” (Jesús; Lucas 21:33)

Soli Deo Gloria
Nicolás Leandro Serrano
Pastores de Familia de la Gracia del Señor Jesucristo
Rosario, 

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