Sufrir vale la pena – parte 1

Por Nicolás Serrano

La partida de mi hijita Elizabeth me ha impulsado a escribir más para ayudar a mis preciosos hermanos que sufren de diferentes maneras. Por lo que en esta breve serie de artículos quiero de una manera concisa enumerar algunos consejos para los que están cursando la necesaria y bendita materia del sufrimiento, ya sea dentro del módulo de la enfermedad, la pérdida de seres queridos, la crítica dura e injusta, la soledad, la pobreza, la incomprensión, la desilusión, los casi incontables frentes por los cuales Satanás ataca, o incluso la disciplina del Señor. No hace falta pasar mucho tiempo en el camino angosto para dar con el gran maestro Tristeza, y él es uno de los más frecuentes y efectivos por “estos pagos”. Si bien el sufrimiento en general no puede curarse con pequeñas dosis de verdad, sino con tratamientos prolongados sobre la base de múltiples verdades, también sé que muchos cristianos no tienen cerca personas que les puedan hablar directo al corazón por medio de la contraseña de las cicatrices, y que así los ayuden contándoles cómo el Salvador los encontró a ellos en su lecho de dolor y los sanó; por eso me aventuro a dar de manera breve una serie de observaciones y advertencias respecto a cómo el Salvador ha tratado conmigo y con otros enfermos con los que me ha tocado compartir habitación. Oro para que mis palabras puedan llegar desde mi lecho a muchos de los corazones que se encuentran en el mismo hospital.

1) Valore el sufrimiento, porque, sea como sea, le acerca más a Cristo. Para Pablo morir era una ganancia, no una tragedia, porque la muerte lo llevaba a la presencia de Cristo (Filipenses 1:21). Esto es así porque aunque la muerte sea algo malo en sí, Cristo la conquistó y la convirtió en un medio de liberación para nosotros. Y si el sufrimiento nos acerca más a Cristo, entonces el sufrimiento también es ganancia, sea como sea, y un gran medio de gracia. Como alguien dijo alguna vez: “El sufrimiento es el envoltorio en el que nos llegan muchas bendiciones”.

2) Reconozca que el sufrimiento, aunque sea de manera indirecta, es operado por Dios.  Job, en medio del dolor de la muerte de sus hijos y del saqueo de sus riquezas que efectuó Satanás, reconoció con verdad la realidad de que Dios es soberano sobre absolutamente todo, incluso sobre los movimientos malignos de Satanás; Job dijo: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21); y luego se nos dice que en medio de semejante tragedia “no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (1:22). Conociendo Quien es Dios y quienes somos nosotros, debemos estar más que felices al saber que es Él el encargado de programar cada unos de nuestros días y nuestro mismo destino final, y no nosotros. Recuerde siempre que Dios no nos aflige sin razón: Él “no aflige ni entristece arbitrariamente a los hijos de los hombres” (Lamentaciones 3:33). Todo sufrimiento lleva la firma de Dios como su autor, y esa firma garantiza que la obra fue hecha con sabiduría, justicia y amor.

3) Recuerde Job 1:21-22: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.” ¡Dios siempre tiene un propósito detrás del sufrimiento! ¡Siempre! Y no olvide que los propósitos de Dios siempre están en armonía con el resto de sus atributos, tales como su pureza, su justicia, su sabiduría y su amor; todos estos atributos son inherentes a todo lo que Dios es y hace. Por lo que, incluso en medio de su confusión, de las punzadas en su corazón y del shock, aún tiene una canción que entonar con reverencia y gloria. Los pensamientos y los planes de Dios para su vida son de bien y de dicha: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jeremías 29:11); “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). La canción que la sabiduría y el amor de Dios le dictaron a su soberanía para que usted la baile sobre el escenario de esta vida, a pesar de contar con notas sombrías y puentes de angustia, es perfectamente balanceada y ajustada a sus necesidades eternas y, no lo olvide tampoco: ¡compuesta para que al final, después de varias estrofas a modo de introducción meramente, el gozo eterno sea de lo más intenso! ¡Ninguna aflicción es absurda! ¡Todo lo que Dios hace tiene sentido!

4) La solución a su dolor sin lugar a dudas ha de ser que comprenda más el amor de Dios por usted y lo llegue a amar más también. Él será un consuelo para usted en la medida en la que usted lo valore, y usted lo valorará en la medida en la que comprenda más acerca de su valor intrínseco y su amor perfecto por usted. Podríamos incluso no pecar en medio de nuestro sufrimiento, pero no sufrir tan bien como el apóstol Pablo, quien dijo cuando le advirtieron que su camino hacia Jerusalén le traería intensos dolores: “de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hehcos 20:24). Y es conocer el amor de Dios por nosotros lo que hace la diferencia.

5) ¡No ceda ante la autoconmiseración! ¡No piense que usted es una criatura digna de lástima! De hecho, las Escrituras nos ordenan absolutamente lo contrario: “Hermanos míos, tened por [sumo gozo cuando] os halléis en diversas pruebas” (Santiago 1:2); “vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, [si es necesario], tengáis que ser afligidos en diversas pruebas” (I Pedro 1:6); “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros” (Mateo 5:12). Por lo que, en conclusión, debemos tener “sumo gozo cuando” nos hallemos en “diversas pruebas”, porque esto “es necesario” en muchos eternos sentidos y, además, así “nuestro galardón es grande en los cielos”, porque, como dijo un viejo puritano: “Mientras más pesada la cruz, más pesada será la corona.” Considere las incisivas palabras de Jonathan Edwards y reconozca la bienaventuranza que hay sobre su cabeza; Edwards dijo: “Esta vida es todo el infierno que nosotros sufriremos, mientras que esta vida es todo el cielo que los pecadores disfrutarán”.

6) En medio de su sufrimiento, especialmente si no se debe a su/s pecado/s, puede estar seguro de que, entre otros, uno de los propósitos por los que Dios le envía sufrimiento es para magnificar a Cristo en su vida, para su bien y gozo, el de la iglesia, y también para la salvación de los pecadores. Hace poco escribí la siguiente meditación en mi diario: “¿Por qué sufren los cristianos? Para que (entre otras razones) el mundo pueda ver que hay un tesoro más excelente (¡infinitamente más!) que los que ellos tienen y por los que viven. Esta es la única conclusión a la que un observador puede llegar cuando ve que un hombre, a pesar de perder su familia, su salud, su reputación, su trabajo, etc., no solo se mantiene en pie, sino que lo hace con una profunda felicidad que los hace fuerte e integro. Por lo tanto, cristiano, las aflicciones no son más que el necesario escenario que Dios monta a fin de usarlo para reflejar el valor y la hermosura de su Hijo, para que otros puedan llegar a vender todo lo que tienen para atesorarlo solo Él. De otra manera, ¿cómo el mundo podría saber que no solamente nosotros no vivimos por las mismas cosas que ellos, sino que el Cristo de Dios por el que vivimos es indescriptiblemente excelente y abrumadoramente pesado en las balanzas de los valores eternos?” Por lo que, en medio de su aflicción, reconozca que usted no es el centro de la atención en el escenario, sino que fue puesto sobre le escenario para que, como un espejo, refleje y apunte hacia el Cristo todosuficiente. ¡No desaproveche la oportunidad de danzar para su Señor a la vista de todo el cielo y la tierra! Sin lugar a dudas, podemos y debemos identificarnos con las siguientes palabras de Daniel: “Conviene que yo declare las señales y milagros que el Dios Altísimo ha hecho conmigo” (Daniel 4:2).

Su hermano, compañero en el hospital de la aflicción y siervo en Cristo,

Nicolás Serrano.