Un llamado teológico a la oración

Nicolás L. Serrano

Un​ ​llamado​ ​teológico​ ​a​ ​la​ ​oración Nicolás L. Serrano Tengo una gran carga en mi corazón por la dedicación de los cristianos a la oración intercesora. Todos los cristianos tiene una relación con Dios, pero la realidad es que son pocos los que han comprendido la necesidad, el privilegio y la responsabilidad de interceder delante de nuestro Padre, especialmente a favor de la salvación de los hombres. Y menos aún son aquellos que, después de haber comprendido tales cosas, han reaccionado adecuadamente, de una manera diligente y fervorosa.

El drama de todo esto es que Dios​ ​ha​ ​establecido​ ​manifestar​ ​su​ ​poder​ ​salvando​ ​a​ ​los hombres​ ​perdidos​ ​a​ ​través​ ​de​ ​nuestras​ ​oraciones.​ Así como nadie se convertirá a menos que prediquemos el evangelio, de una manera similar, nuestras oraciones juegan un papel crucial en las misiones. Podría citar una tonelada de textos para demostrar este punto, pero basta con uno solo: a la joven iglesia en Tesalónica, Pablo pidió: “oren por nosotros, para que la palabra del Señor se extienda rápidamente y sea glorificada, así como sucedió también con ustedes” (2Tes. 3:1). ¡El gran apóstol Pablo necesitaba de las oraciones de nuevos cristianos a fin de que su misión apostólica tenga éxito! ¿Qué implicaciones tiene todo esto para nosotros? Muchísimas.

Consideren, por ejemplo, el siguiente texto: “Las gentes de la tierra han hecho violencia y cometido robo, han oprimido al pobre y al necesitado y han maltratado injustamente al extranjero. Busqué entre ellos alguno que levantara un muro y se pusiera en pie en la brecha delante de mí a favor de la tierra, para que yo no la destruyera, pero no lo hallé. He derramado, pues, mi indignación sobre ellos; con el fuego de mi furor los he consumido; he hecho recaer su conducta sobre sus cabezas — declara el Señor Dios” (Ezequiel 22:29-31 LBLA). Dios dice por medio del profeta Ezequiel que, si hubiera encontrado aunque sea a un hombre (¡sí, uno solo!) que intercediera delante de Él a favor de la tierra, habría cambiado el curso de la historia ¡y muchas personas habrían recibido la misericordia de la vida en lugar de la justicia de la muerte! Necesitamos​ ​sentarnos​ ​bajo​ ​algún​ ​árbol​ ​y meditar​ ​largamente​ ​en​ ​el​ ​lugar​ ​que​ ​nuestras​ ​oraciones​ ​tienen​ ​en​ ​la​ ​historia​ ​de​ ​la humanidad​.

Y nuestras oraciones no solo tienen mucho que ver con la historia de este mundo, sino también, por su puesto, con la historia de cada uno de nosotros. Consideren lo que nos dice John Piper citando Santiago 4:2 (“no tienen lo que desean porque no piden”) en una predicación: “Es sorprendente que el Dios soberano del universo ordene que la oración cause cosas. Las​ ​oraciones​ ​causan​ ​cosas​ ​que​ ​no​ ​hubieran​ ​sucedido​ ​de​ ​si​ ​no​ ​hubieras orado.​ ​¡​Me pregunto si hay algún calvinista retorciéndose por ahí! Escuchen esto, cuando Santiago 4:2 dice “no tienen lo que desean porque no piden”, eso no significa “hubiesen tenido de todas formas, aun si no hubiesen pedido, porque Yo tengo un plan”. ¡El versículo no significa lo contrario a lo que dice!”. No podría ser más claro.

Sin embargo, me preocupa mucho ver el desequilibrio con el que muchos cristianos se acercan al tema de la soberanía de Dios y la oración (o, para decirlo de manera general, a la soberanía de Dios y la responsabilidad humana). Soy un creyente en la soberanía absoluta de Dios; asumiendo el riesgo de ser mal interpretado, me arriesgo a decir que soy calvinista, tanto que a veces puede ser chocante para otras personas. Pero no creo en sistemas lógicos, creo todo lo que Dios me revela en su Palabra, sin interponer mi lógica más de la cuenta. Sé que Dios es absolutamente soberano, pero también sé que Dios estableció moverse en este mundo a través de las oraciones de su pueblo. Es verdad, admito que no lo entiendo todo, pero sé​ ​que​ ​hay​ ​un​ ​perfecta​ ​armonía​ ​entre​ ​los​ ​decretos de​ ​Dios​ ​y​ ​la​ ​forma​ ​en​ ​la​ ​que​ ​las​ ​oraciones​ ​de​ ​sus​ ​hijos​ ​están​ ​entretejidas​ ​en​ ​sus decretos​ ​mismos​, ¡y esto tiene muchas consecuencias prácticas!

En consecuencia, no puedo dejar de pensar en cuánto cambiarían las cosas si oráramos más y mejor. Estoy cansado de los cristianos que siempre tratan de justificar el pecado y la tibieza en ellos y en otros apelando a la soberanía de Dios. No tenemos derecho de pensar y hablar así. Lloro al ver cómo el amor de muchos se mueren ante el hielo de la maldad de nuestros días. ¿Dónde están los hombres de oración? ¿Dónde están aquellos que, como Santiago el hermano de nuestro Señor Jesús, se ganan el apodo de “rodillas de camello” debido a su dedicación a la oración? ¿Dónde están los cristianos que tiemblan ante el juicio de Dios y que están dispuestos a dar sus vidas para rescatar a otros? ¿Es usted un hombre dedicado a la oración, por amor a Dios y a los hombres? Hemos de tomar el remo de la intercesión y luchar duro a favor de otros, o las consecuencias serán eternamente terribles