Peregrinos residentes

 

 

Peregrinos residentes

Nicolás L. Serrano

Esta será mi última exposición del capítulo 3 de Filipenses. Pienso que ya hemos abarcado abundantemente los propósitos por los que esta porción fue escrita. No obstante, hoy quiero extraer y aplicar a nosotros una extraordinaria y trascendental declaración que Pablo hace de pasada respecto a nuestra identidad como pueblo de Dios. En el vers. 20, después de decir que los falsos creyentes “piensan solo en las cosas terrenales” (vers. 19), a modo de contraste, Pablo declara respecto a la identidad y los deseos de los verdaderos cristianos: “nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo”. Acá está la verdad que hoy quiero que consideremos: somos ciudadanos de los cielos, ese lugar donde Cristo ahora está como Rey exaltado y reconocido. Esta es una declaración importantísima pero muy controversial a la vez, así que hemos de acercarnos a ella y estudiarla de manera cuidadosa. Tenemos que preguntarnos con la mayor seriedad: ¿Qué significa realmente que somos ciudadanos de los cielos? ¿Qué implicaciones generales tiene esta verdad para nosotros? ¿Cómo se supone que debemos vivir en nuestras ciudades como ciudadanos de los cielos? A través de la historia han surgido, obviamente, muchas respuestas. Dentro de las más importantes, creo que hay tres muy populares que son erróneas.

Tres posiciones erróneas

1. La primera es la que podemos llamar “La iglesia contra la ciudad”. Esta posición concibe a las ciudades como algo malo y al campo como algo bueno; quienes la asumen, de alguna manera piensan que Cristo odia las ciudades pero que encuentra algún agrado por la vida rural. Las personas de esta posición son hostiles y pesimistas respecto a la ciudad y esperan muy poco éxito evangelístico en ella. Las iglesias con esta mentalidad se ven como “bunkers” de refugio en medio de lo que conciben como la “frialdad” de la ciudad y, además, tienen una fuerte tendencia a pensar de sus vecinos en términos muy separatistas tipo “nosotros-ellos”. Este tipo de visión no considera la posibilidad de que Dios obre un gran despertar en la ciudad y transforme su cultura, como la hecho muchas veces en la historia; y también ignora que la historia humana que comenzó en Edén con un huerto continuará eternamente en los cielos y tierra nuevos con una ciudad (Apocalipsis 21:2), cosa que implica, entre muchas otras, que el huerto de Edén debía convertirse en una especie de ciudad.

2. La segunda posición errónea es la que podemos llamar La iglesia unida a la ciudad. ​Esta posición se encuentra en el extremo opuesto a la anterior. Esta perspectiva cree, por ejemplo, que cualquier movimiento dentro de la ciudad que busque hacer justicia a los oprimidos es una obra de Dios que la iglesia tiene que apoyar. Para quienes tienen este entendimiento, la iglesia no ha sido llamada a escribir una historia diferente a la que la ciudad escribe, sino que debe unirse a la ciudad y asumir el liderazgo político de la misma. Las iglesias con esta visión, con el tiempo, no ofrecen casi nada distinto a lo que el mundo ofrece, porque en vez de dedicarse principalmente a la predicación conversionista del evangelio se dedican a labores sociales que otros ciudadanos también llevan a cabo.

3. La tercer posición imprecisa es la que podemos denominar La iglesia como una comunidad de meros peregrinos en la ciudad. Aunque las iglesias con esta visión no piensan necesariamente que las ciudades son malas en sí mismas, su perspectiva es básicamente consumista en cuanto a ellas. ¿Por qué? Porque los cristianos con esta perspectiva no se consideran residentes de la ciudad, sino peregrinos que están meramente de paso. Mientras “pasan”, harán el bien a algunos, pero no se involucrarán con los sufrimientos de la ciudad ni intentarán cambiarla. Estos cristianos peregrinos llevan demasiado lejos la verdad de que ellos son ciudadanos celestiales, desentendiéndose de su identidad como ciudadanos terrenales y de todas las responsabilidades que dicha ciudadanía tiene. Estas iglesias no reclaman la corona de Cristo sobre los gobiernos ni se esmeran mucho por ser luz y sal en sus sociedades; en general, solo comparten el evangelio y hacen buenas obras con los que tienen cerca. Si todas estas posiciones son erróneas, entonces, ¿cómo hemos de entender la declaración de Pablo respecto a nuestra ciudadanía celestial? ¿Cómo hemos de vivir en este mundo como ciudadanos del cielo? ¿Cómo debe moverse la iglesia en medio de la ciudad en la que existe?

Somos peregrinos residentes

Pienso que la posición bíblica es la que podemos llamar La iglesia como una comunidad de peregrinos residentes que sirven a su ciudad. Ser bíblicos en este tema significa entender claramente la distinción y relación entre lo que Agustín llamó La Ciudad del Hombre (los ciudadanos inconversos) y la Ciudad de Dios (la iglesia). Con esto, Agustín quería decir que dentro de cada ciudad hay tanto ciudadanos inconversos como cristianos que se encuentran en tensión; porque los ciudadanos inconversos, bajo el gobierno de Satanás, quieren corromper la ciudad, mientras que los cristianos, bajo el gobierno de Cristo, quieren redimir la ciudad.

Necesitamos entender que nosotros, la iglesia, somos una “nación santa” (1 Pedro 2:9) bajo la autoridad legislativa del Señor Jesucristo, pero que nos encontramos dentro de una naciones que puede reconocer en alguna medida o no la Soberanía absoluta de Cristo y que puede ser más o menos hostil hacia Él y hacia nosotros dependiendo de la época. Cuando escuchamos el evangelio se nos ordenó “Sed salvos de esta perversa generación” (Hechos 2:40) y, desde que nos convertimos, salimos de la perversa generación rebelde a Dios de nuestra ciudad y pasamos a formar parte de una ciudad paralela, la iglesia, La Ciudad de Dios, que aunque se mueve dentro de la persevera generación de La Ciudad del Hombre es diferente a ella. Y es muy importante que entendamos que nuestro Rey no nos pide que abandonemos la ciudad, más bien Él nos ordena todo lo contrario: que prediquemos el evangelio a toda la ciudad e invitemos en su Nombre a todos, desde el primero hasta el último de ella, a formar parte de su reino. ¡Debemos rogar a todos que se sometan al Rey de los reyes y Señor de los señores (Mateo 28:18-20)! La iglesia es la embajada del reino de los cielos en la tierra, nosotros somos “embajadores de Cristo” (2 Corintios 5:20) y, por tanto, hemos de ser en medio de nuestra ciudad “columna y sostén de la verdad” (1 Timoteo 3:15), cosa que significa que debemos suministrar luz en todos los aspectos que hacen a la cultura de nuestra sociedad.

El modelo del exilio

Ahora bien, pienso que para seguir entendiendo y profundizando en esta posición lo mejor que podemos hacer es estudiar las indicaciones que Dios dio a Israel cuando la nación se encontró en el exilio. ¿Por qué? Porque la situación de la iglesia en el Nuevo Testamento es muy similar a la situación de Israel en el exilio. Cuando Israel fue condenada al exilio pasó de ser una nación-estado a convertirse en una hermandad contracultural contenida dentro de otra nación-estado. Y en muchos sentidos este es también el caso de la iglesia en el Nuevo Testamento; por eso tanto Santiago como Pedro se dirigen a los cristianos del mundo como a los que “están en la dispersión” (Santiago 1:1), “expatriados” (1 Pedro 1:1), “como a extranjeros y peregrinos” (1 Pedro 2:11); este es el mismo lenguaje que los profetas del Antiguo Testamento usaron para referirse a Israel en el exilio.

Tres ordenanzas para los exiliados

Observemos, entonces, algunas de las indicaciones y declaraciones de Dios a Israel en el exilio y apliquémoslas a nosotros. Para este propósito, vamos a poner nuestros ojos en Jeremías 29:4-7, donde el Señor da algunas directrices importantes a los israelitas cautivos en Babilonia.

“Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel, a todos los desterrados que envié al destierro de Jerusalén a Babilonia: “Edificad casas y habitadlas, plantad huertos y comed su fruto. “Tomad mujeres y engendrad hijos e hijas, tomad mujeres para vuestros hijos y dad vuestras hijas a maridos para que den a luz hijos e hijas, y multiplicaos allí y no disminuyáis.  “Y buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado, y rogad al Señor por ella; porque en su bienestar tendréis bienestar.”

Hay en estos versículos tres indicaciones:

1. Los Israelitas debían asentarse: “Edificad casas y habitadlas, plantad huertos y comed su fruto” (vers. 5).

2. Tenían que multiplicarse: “Tomad mujeres y engendrad hijos e hijas, tomad mujeres para vuestros hijos y dad vuestras hijas a maridos para que den a luz hijos e hijas, y multiplicaos allí y no disminuyáis” (vers. 6).

3. Y debían servir a la ciudad en la que ahora se encontraban como extranjeros residentes: “buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado, y rogad al Señor por ella; porque en su bienestar tendréis bienestar” (vers. 7).

Consideremos estas declaraciones una por una y vemos qué implicaciones tienen para nosotros.

1) Asentándonos en la ciudad

Los israelitas debían asentarse en la ciudad en la que se encontraban. “Edificad casas y habitadlas, plantad huertos y comed su fruto” (vers. 5), les pide el Señor. Ellos tenían que hacerse un hogar y autosustentarse en la ciudad babilónica en la que se encontraran, porque ellos no eran meros peregrinos allí, ellos eran peregrinos residentes. Por lo tanto, debían desarrollar su vida allí tan bien como pudieran. No se tenían que quedar esperando nada, Dios no trabajaría por ellos. el maná no les caería del cielo en esta etapa, y en Babilonia nadie les regalaría nada; ellos tenían que hacerse un lugar en la nueva tierra en la que estaban.

Ahora bien, a modo de aplicación, debo decir que muchos cristianos tienen una mentalidad de peregrinaje tan extrema que no se han hecho cargo de su vida en términos materiales. Ellos no tienen ni su “casa” ni su “huerto” porque consideraron que no tenían que invertir ni su tiempo ni su esfuerzo en tales cosas. Su error comúnmente consiste básicamente en pensar que desear y procurar desarrollo laboral y económico es algo mundano y pecaminoso. Luego, el segundo error que suelen cometer, es sobre dimensionar el mandamiento de la gran comisión, sacando la conclusión de que cualquier cosa que les quite tiempo para predicar el evangelio y estar entre hermanos es algo que está en contra de la voluntad de Dios. Y así, muerden el anzuelo e ignoran y rompen completamente los mandamientos que el Señor nos da sobre el trabajo y las cosas que nos dice sobre las bendiciones materiales y el lugar que estas suelen tener justamente en la gran comisión.

De manera trágica, de este modo, a muchos se les pasaron los años de “construir su casa y plantar su huerto” y no tienen ahora ni casa, ni un buen trabajo ni una estabilidad económica; se encuentran, en consecuencia, limitados por todas partes, sin casa y sin trabajo, siendo una carga para otros, sin poder contribuir al presupuesto de la iglesia y llenos de ansiedades, quizás teniendo que trabajar el doble de lo que lo harían si se hubieran preocupado en el pasado por encontrar una buena manera de asentarse. Algunos se encuentran en una situación tan precaria que ni siquiera pueden casarse y tener hijos porque no tienen nada que ofrecer a una mujer. Si no hemos podido establecernos a pesar de nuestros esfuerzos, debemos confiar y contentarnos con la providencia de Dios, pero si no lo hemos logrado por descuido, es lamentable y el arrepentimiento es necesario.

Y si vamos más lejos, tenemos que decir que los cristianos no solo deberían ser laboriosos, sino que deberían ser, de hecho, los más laboriosos. Los cristianos deben destacarse por ser los más excelentes en su trabajo, independientemente de lo que hagan. ¿Por qué? Porque nuestro trabajo, tal y como lo entendieron los reformadores, es nuestra ofrenda a Dios, y según sea, entonces, la calidad de nuestro trabajo, así es la calidad de nuestra ofrenda Dios. En Colosenses 3:23-24 hablando justamente acerca la actitud de los cristianos hacia el trabajo, Pablo dice: “todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres […] porque a Cristo el Señor servís”. ¿Lo ven? Trabajamos para el Señor, para agradarlo a Él, como empleados de Él, y de acá viene nuestra motivación. Deberíamos, por tanto, tener una gran motivación para trabajar, una motivación más grande que cualquier otra. Sin embargo, ¿dónde están aquellos cristianos que, como José, ya sea que se encuentren trabajando como esclavos, en la cárcel o en el palacio de Egipto, son los más destacados por su fidelidad y esmero? José comenzó trabajando en la cárcel y llegó a ser la mano derecho de Faraón por algo, porque se lo merecía; no fue gratis. En él se cumplió la primera verdad del proverbio 12:24 “La mano de los diligentes gobernará”, pero en muchos cristianos, lamentablemente, se cumple la segunda: “pero la indolencia será sujeta a trabajos forzados”. En Argentina hay algunos millones de profesantes evangélicos, pero prácticamente hay muy pocos de ellos en una posición de influencia en trabajos de relevancia social y cultural, y esto se debe, indudablemente, a que por un lado la iglesia en general no ha entendido la voluntad de Dios respecto al trabajo, pero también, por otro lado, a que hay muchos que se han conformado con la mediocridad laboral. Hermanos, busquemos asentarnos en la ciudad, porque esta es la voluntad de Dios: “os instamos, hermanos […] a que tengáis por vuestra ambición el llevar una vida tranquila, y os ocupéis en vuestros propios asuntos y trabajéis con vuestras manos, tal como os hemos mandado; ​a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada” (Colosenses 4:10-13)

2) Multiplicándonos en la ciudad

Pasemos a la segunda orden del Señor para Israel en el exilio. Esta depende necesariamente del cumplimiento de la primera. Los israelitas tenían que multiplicarse: ​“Tomad mujeres y engendrad hijos e hijas, tomad mujeres para vuestros hijos y dad vuestras hijas a maridos para que den a luz hijos e hijas, y multiplicaos allí y no disminuyáis” (vers. 6).

Ellos tenían que sobrevivir y no solo eso, también debían crecer como pueblo en medio de una nación pagana que intentaría someterlos a su propia cultura. ¿Cómo lo lograrían? La manera indicada por el Señor en este texto es esta: teniendo muchos hijos. Por su puesto que muchos israelitas compartirían su fe con sus vecinos babilónicos, pero no sería por medio del evangelismo que el pueblo de Israel sobreviviría y crecería númerica y culturalmente, sino por medio de su descendencia física.

Ahora bien, hermanos, la situación de la iglesia no es en este sentido idéntica a la de Israel, porque la iglesia no crece por descendencia física, sino exclusivamente por descendencia espiritual; pero, y debemos entender esto muy bien, somos llamados a tener descendencia física con la esperanza de que nuestros hijos se conviertan y sean así parte de nuestra descendencia espiritual.

Debemos darnos cuenta de que nuestros hijos son la herencia que nosotros damos al Señor, en el sentido de que ellos serán, si se convierten, la próxima generación de su pueblo sobre esta tierra. ¡Esto es maravilloso! Nuestros hijos son un regalo valiosísimo que nosotros hacemos al Señor. ¿Entienden las implicaciones de esta verdad? El Salmo 127:3 nos da una: “Bienaventurado el hombre que de ellos tiene llena su aljaba”. En otras palabras: ¡mientras más hijos tengan, mientras más heredad den al Señor, mejor!

Esta es la verdad en términos generales, y por supuesto que hay excepciones a la regla, pero esta es la regla. Sin embargo, muchos cristianos en el día de hoy interpretan las Escrituras a través de los lentes humanistas y egocéntricos de su cultura y sacan conclusiones erróneas sobre este asunto. Mayormente, los cristianos deciden tener o no hijos, cuándo tenerlos y cuántos, motivados por razones bastante egoístas. Los matrimonios jóvenes postergan tener hijos solo porque quieren “disfrutar de la vida”, y por lo general nadie quiere tener más de dos hijos porque “el costo de la libertad es demasiado alto”. Pero, hermanos, ¿se dan cuenta de que negarnos a tener hijos, solo porque no queremos gastarnos criándolos, puede ser un argumento sumamente pecaminoso?

¿Entienden que tener hijos no se trata de nosotros y nuestros deseos en primer lugar, sino del Señor?

Y, por supuesto, no se trata solo de tener hijos, sino de criarlos para el Señor, de tal manera que hagamos posible que se formen gloriosas cadenas de descendencia física-espiritual, tal como en el caso de Timoteo, a quien Pablo dijo: “tengo presente la fe sincera que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también” (2 Timoteo 1:15). Hermanos, tengamos tantos hijos como sea sabio y criémoslos conforme a las Escrituras y no conforme al mundo. Sospecho que en este punto se puede encontrar nuestro talón de aquiles; si nosotros no tenemos en nuestras manos el corazón de nuestros hijos y si no los criamos conforme a la voluntad de nuestro Señor, pueden estar seguros de que el mundo los criará y será entonces muy probable que los veamos sirviendo al dios de este siglo.

3) Sirvamos a la ciudad

Y en tercer lugar, los israelitas debían servir a la ciudad en la que ahora se encontraban como extranjeros residentes: “buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado, y rogad al Señor por ella; porque en su bienestar tendréis bienestar” (vers. 7).

Es decir, que el disperso pueblo de Israel no solo debía dedicarse a prosperar y a tener hijos, todo en su propio barrio, sino que debían formar parte activa del bien común de la ciudad. Ellos debían “buscar el bienestar de la ciudad”. No debían dejar la ciudad en manos de los demás, debían involucrarse, debían pensar al respecto, debían “buscar”. Esta no era una opción para ellos, era un mandamiento del Señor. El Señor les pide incluso que oren a Él para que bendiga y proteja esa pagana ciudad en la que estaban: “rogad al Señor por ella”, les pide. Y su argumento está lleno de sentido común y apelación al amor propio de los israelitas: “buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado, y rogad al Señor por ella”, les dice, “porque en su bienestar tendréis bienestar”. Como le fuera a la ciudad les iría a ellos, porque la ciudad se había convertido ahora en su residencia.

Acá tenemos muchas cosas que aprender. Lo primero que debemos dejar en claro es que nosotros también debemos buscar el bien de nuestra ciudad de la misma manera que los israelitas. En Mateo 5:14-16 Jesús nos dice tres cosas. Afirma que (1) “Vosotros sois la luz del mundo”, cosa que significa que este mundo no tiene ninguna esperanza de escapar del engaño del diablo aparte de nosotros. En consecuencia, nos dice que (2) la iglesia debe ser en medio del mundo como “Una ciudad situada sobre un monte”, es decir, que nuestras comunidades deben ser una vidriera para todos. Y en tercer lugar nos pide que (3) alumbremos a otros y los atraigamos a nuestro Dios haciéndoles el bien: “brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. En la carta a los filipenses que estamos estudiando, Pablo ya dijo a lo mismos que debían ser “hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo” (Filipenses 2.15). Y en 1Timoteo 2:1-2 Pablo también nos manda a orar por nuestras ciudades: “ante todo que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; ​por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad”.

Hermanos, ¿lo estamos haciendo? ¿Somos conscientes de que este mundo depende de nosotros? ¿Nos damos cuenta de que si nosotros no alumbramos nadie lo hará? ¿Estamos esforzándonos por demostrar en público a través de nuestras obras el carácter justo y misericordioso de nuestro Dios? ¿Estamos pensando, preocupados, cómo podemos mostrarnos al mundo?

Un llamado a la acción

Recordemos que al servir a la ciudad nos estamos sirviendo a nosotros mismos; “buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado, y rogad al Señor por ella”, dice el Señor, “porque en su bienestar tendréis bienestar” (Jeremías 29:7). Realmente es triste y lamentable ver a los cristianos retirarse de la cultura de la ciudad y dejarla morir. Pero también es tonto, ya que la ciudad es un barco en el que nos encontramos todos. ¿Acaso pensaría un hombre en un barco que mientras que no haya un agujero justo debajo de él no debe preocuparse por todos los demás agujeros? Por su puesto que no; instintivamente el hombre entiende que si se hunde el barco se hunden todos, sin importar quien haya hecho el agujero. ¿Por qué los cristianos, entonces, hablando en general, no hacen nada por sus ciudades?

No basta con que simplemente tengamos una cultura que contradice los valores de la ciudad, debemos involucrarnos en la ciudad y servirla de maderas públicas. ¡No hay otra forma de ser sal y luz! Lo que nuestra nación tiene de civilización se lo debe a los restos y partes de cristianismo que encontró en las iglesias. ¿Pero qué sucederá si nos retiramos? Lo obvio: la oscuridad lo llenará todo. Las cosas se están poniendo muy mal a nuestro alrededor y llegará el día en el que tengamos que huir, pero mientras tanto, mientras se nos dé tiempo, ¡procuremos que nuestra nación y nuestras ciudades no provoquen más la ira de Dios! Debemos ser radicalmente distintos de la ciudad pero debemos estar radicalmente comprometidos con su bien. Seremos, como extranjeros, ciertamente odiados por muchos, pero hagamos que otros también digan: “¡no hay gente más buena que esta, nadie ama como ellos aman!

La ciudad de Jerusalén debía ser “el gozo de toda la tierra” (Salmo 48:2). Ahora este es el llamado de la iglesia. Debemos esparcir la alegría de nuestra riqueza cultural a todo el mundo. Debemos ser el barrio vidriera del reino de los cielos en la tierra. Como nos dice Tim Keller: “los cristianos son llamados a ser una ciudad alternativa dentro de cada ciudad terrenal, una cultura alternativa dentro de cada cultura humana; mostrando cómo el sexo, el dinero y el poder pueden usarse de maneras que no destruyen; mostrando cómo clases y razas que no se llevan fuera de Cristo pueden llevarse bien en Él; y mostrando que sí es posible hacer cultura utilizando las herramientas del arte, la educación, el gobierno y la empresa, para llevar esperanza a la gente en vez de desesperanza”. En su libro El auge del cristianismo, el sociólogo Rodney Stark, nos dice de manera muy perspicaz cómo fue que los primeros cristianos alcanzaron las ciudades:

“En las ciudades llenas de pobres y desamparados el cristianismo ofreció esperanza. En las ciudades llenas de recién llegados y extranjeros el cristianismo ofreció una base inmediata de apoyo y afecto. En las ciudades llenas de huérfanos y viudas el cristianismo proporcionó un sentimiento nuevo y generoso de familia. En las ciudades arrasadas por la violencia y la lucha étnica el cristianismo ofreció una nueva base para la solidaridad social.

La gente llevaba siglos afrontando catástrofes sin la ayuda de una teología cristiana o de estructuras sociedades. De ninguna manera estoy sugiriendo que la miseria del mundo antiguo originó el advenimiento del cristianismo. Lo que sí argumentaré es que una vez que apareció el cristianismo muy pronto se hizo evidente la gran capacidad que tenía para encarar estos problemas…Porque lo que los cristianos trajeron no fue simplemente un movimiento urbano sino una nueva cultura.”

¿Lo vieron? Eso es lo que significa ser sal y luz en este mundo: mostrar al mundo la sabia, justa y amorosa cultura que tenemos como pueblo de Dios. ¡Al vernos vivir muchos “dirán: Ciertamente esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente” (Deuteronomio 4:6)!

Imitemos a nuestro humilde Salvador

Y finalmente, hermanos, ¿de dónde viene la motivación para hacer todo esto? Viene del conocimiento del evangelio. Porque nosotros seguimos a un Dios que se hizo hombre, que se encarnó a nosotros, vino a nuestra perversa ciudad y “llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores […] y por sus heridas hemos sido sanados ” ( Isaías 53 : 4 y 5 ) . Sigamos sus pisadas.


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