Confesión de Fe

Creemos y confesamos

Un resumen de nuestros distintivos fundamentales

 

La siguiente confesión no pretende ser un documento exhaustivo acerca de nuestra fe, sino más bien un resumen de los distintivos doctrinales que dan estructura y forma a la espiritualidad de nuestra fraternidad de iglesias y que nos diferencian de gran parte de lo que se considera cristianismo en la actualidad. Mantenemos un compromiso inquebrantable con la gran ortodoxia cristiana, la cual abarca «la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos» y que fue proclamada por los fundadores de todas las denominaciones evangélicas históricas. Creemos firmemente en la ortodoxia porque confiamos en el Espíritu Santo como el preservador del Evangelio en medio de las vicisitudes de la iglesia a lo largo de la historia.1

Por lo tanto, no deseamos, no creemos y no aceptamos nada que no sea parte de esa fe común acerca de quién es Dios y qué ha hecho por nosotros a través de su Hijo. Los lectores pueden estar seguros de que en todos los asuntos en los que no nos pronunciamos en esta confesión, estamos unidos a la ortodoxia cristiana, tal y como la misma se proclama en muchas confesiones históricas. Respecto a las particularidades doctrinales concernientes a lo denominacional, han de saber que nos adherimos a la tradición de los bautistas libres.

Ahora bien, ¿por qué ofrecer, entonces, una confesión de fe pormenorizada? Lo hacemos por dos razones. En primer lugar, ofrecemos este resumen a nuestra fraternidad y a todas las iglesias evangélicas, de cualquier denominación, que se unan a nosotros en esta declaración de fe para que puedan utilizarla con fines didácticos, es decir, como un recurso para enseñar las grandes doctrinas que abarca, ya sea en sus programas de discipulado o en la enseñanza pública.

La segunda razón es presentar esta breve confesión como un documento de amparo y protesta. Nos amparamos contra aquellos que, apartándose del protestantismo histórico, se levantan y se levantarán contra nosotros acusándonos de ser una secta nueva. Junto con John Wesley, decimos que «tenemos una sola meta: ser cristianos completos, cristianos bíblicos y racionales. Por esto, sabemos muy bien, que no solamente el mundo, sino también los casi cristianos, no nos perdonarán nunca»2.

Por lo tanto, decimos con vehemencia a todas las iglesias que no pretendemos crear una nueva denominación ni innovar en nuestra fe y práctica. Nuestra única pretensión es predicar el antiguo, común y siempre vigente Evangelio de salvación, y somos amigos de todos los que aman, defienden y proclaman este Evangelio histórico, el cual es la raíz de todas nuestras denominaciones evangélicas. Sin embargo, en estos días de gran apostasía que afectan a nuestra generación, la superficialidad, el error, la tibieza y el pecado se han convertido en la ortodoxia predominante, mientras que las antiguas sendas de la verdad cristiana hoy son consideradas herejía. En tiempos tan difíciles como estos, la verdad ha venido a traer espada en lugar de paz3, ¿y qué diremos si, por defenderla, se nos acusa de cismáticos?4

Que este documento, entonces, sirva como protesta contra todo aquello que trabaja en contra de la verdad en nombre del cristianismo, y a ellos les decimos: «¡A la ley y al testimonio! Si ellos no hablan conforme a esta palabra, es porque no hay para ellos amanecer»5. Y a todos nuestros hermanos celosos del Evangelio, que saben que la gloria de Dios en la tierra y la salvación de los hombres dependen de la defensa y la proclamación de este mensaje, les urgimos «a luchar ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos»6 y a que sean conscientes de que sin reforma, no habrá avivamiento.

Nicolás L. Serrano

I

Sobre la suficiencia de las Escrituras

Creemos que las Escrituras son no solamente inspiradas, sino también suficientes para llevar a cabo poderosamente el propósito para el cual fueron inspiradas, a saber, la salvación del hombre pecador y la santificación de los creyentes7. Creemos que esta palabra no es letra muerta sino que, autentificada por el Espíritu de Dios, tiene el poder de dar vida a los muertos espirituales y de intensificar la vida de aquellos que ya han experimentado una resurrección espiritual8.

De tal manera que confesamos y declaramos que no necesitamos nada más que las santas Escrituras para llevar adelante la gran comisión, predicando el Evangelio a toda criatura y discipulando a los creyentes hasta presentarlos maduros y completos delante de Cristo9. No obstante, también creemos y afirmamos que la iglesia no necesita nada menos que la exposición de todo el propósito y el consejo de Dios tal y como se nos revela en las Escrituras.10

Por esta razón, toda nuestra fe y práctica provienen sólo de las Escrituras y se mueven exclusivamente alrededor de las Escrituras, sin ninguna necesidad de consultar la sabiduría de los muertos espirituales sobre cuáles son los problemas espirituales del hombre y cómo se resuelven.11 Proclamamos que estamos persuadidos de que el progreso del reino de Dios y sus propósitos en este mundo se llevarán a cabo a través del poder de Dios desatado por medio de la proclamación de su palabra, la cual crea y sostiene la vida espiritual.12

Concluimos entonces que, puesto que Dios actúa poderosamente hablando a través de su palabra, nuestro único método para salvar a los perdidos y edificar a los hijos de Dios es la proclamación, exposición, explicación y aplicación regular, pura y sistemática de la palabra de Dios, en la dependencia del Espíritu Santo.13Con nuestra confianza puesta en el poder de Dios y no en el brazo humano, plantaremos y edificaremos iglesias que sean vehementemente bíblicas, descansando en que, Aquel que por su palabra comenzó la buena obra en nosotros, la perfeccionará por la misma palabra hasta el día de Jesucristo.14

II

Sobre el propósito eterno de Dios

Creemos que el propósito eterno de Dios es la conformación de una familia de muchos hijos semejantes a Jesús, el hombre perfecto, para su gloria y deleite eterno.15 De la comprensión de este propósito eterno, aprendemos cuáles fueron los motivos de Dios al crear al hombre conforme a su imagen y semejanza, a saber, que Dios ha hecho al hombre para sí, para deleitarse en la comunión de una criatura hecha en alguna medida parecida a Él en sus atributos de personalidad y moralidad.16 Así, el hombre en sí mismo no es el centro de su propia existencia, sino que fue creado para un fin infinitamente mayor que sí mismo, que es la gloria y el deleite de Dios17.

Sin embargo, de ninguna manera el propósito de la creación del hombre es carente de amor —como algunos podrían objetar— ya que el Dios Trino, al hacer al hombre conforme a su imagen y semejanza, le comunicó la habilidad de conocerlo y relacionarse con Él como un hijo con su Padre, y así disfrutar de sus virtudes e inagotables excelencias por los siglos de los siglos18. Puesto que el Dios Trino es un Dios de amor, creó al hombre por amor y para ser amado19. La gran evidencia de esta verdad se encuentra en el hecho de que, cuando el hombre se rebeló contra el amor y la autoridad justa de Dios, Él estuvo dispuesto a enviar a su único Hijo a rescatar al hombre de su extravío, a costa de su propia vida20.

Haber sido creados para la gloria de Dios es la gloria y la honra que tiene el hombre como la criatura especialmente diseñada conforme a la imagen y semejanza de Dios, cuyo fin es entrar en una historia de amor eterno con el Dios Trino y reflejar en toda su existencia —actividades, desarrollo y señorío sobre la tierra— la gloria y la belleza de su semejanza a Él21. El hombre es el objeto del amor redentor de Dios, quien no descansará hasta que su proyecto eterno sea consumado y sobre esta tierra habite una humanidad restaurada22.

Por lo tanto, confesamos que la gran historia de la redención narrada en las Escrituras es la historia de un Padre, un Hijo y un Espíritu Santo, las Tres Personas de la misma Deidad, quienes quisieron crear hijos amados para su gloria y deleite23. En esta historia, en la que nosotros somos seres innecesarios y en la que Dios nos ha creado generosamente para hacernos partícipes del gozo eterno, infinito e inmutable de su comunión intratrinitaria, Dios se lleva la gloria por haber pensado para el hombre tan bondadoso fin, y el hombre se lleva el gozo de existir como destinatario de su amor especial y paternal24. Este es el gran propósito por el que Dios hizo el mundo, y sustituir este propósito por los propósitos de los hombres priva a Dios del reconocimiento de su gloria, y al hombre, del gozo inefable y glorioso de su privilegiada identidad25.

En medio de una humanidad caída que ha rechazado de manera global los designios de Dios, su propósito eterno se está cumpliendo y se está llevando a cabo en la iglesia y por la iglesia26. La iglesia es esa porción de la humanidad redimida que cumple gozosamente con el llamado de Dios y que está conformada por muchos hijos semejantes a Jesús27. Las ocupaciones y propósitos de la iglesia, por lo tanto, han de ser los siguientes: que cada uno de los creyentes crezca en la calidad de su semejanza a Jesús28, que todos estén unidos como una sola familia bajo la dirección de un solo Padre29, y que más y más hijos perdidos sean rescatados del mundo a fin de que esta familia crezca no solo en calidad y en unidad, sino también en cantidad, hasta el día en que Jesucristo vuelva por ella30. De esta manera, confesamos que el propósito eterno de Dios es el todo de la existencia del hombre y la gran motivación y razón de ser de la gran comisión dada a la iglesia31.

Toda la Trinidad está involucrada apasionadamente en este gran proyecto eterno, que incluye potencialmente a todos los hombres creados; los ángeles miran con deleite y alabanza el despliegue de los atributos de Dios en la ejecución de su plan de amor y le sirven conforme a sus designios32; y los hombres, cuando conocen el propósito eterno de Dios, encuentran en él toda su identidad, sabiduría, fortaleza y felicidad33. Creemos y declaramos que, en virtud de la excelencia del propósito eterno de Dios y del valor que tiene para Él, no existe ninguna iglesia que sea ordinaria, y que en todo encuentro entre hermanos, aun en el más pequeño, Dios está presente deleitándose y trabajando para que su gran propósito crezca y avance hasta que su gloria cubra toda la tierra34.

III

Sobre el reino de Dios

Creemos que el Evangelio que Jesús y los apóstoles predicaron, y que la iglesia debe predicar en el día de hoy, es el Evangelio del reino de Dios35. Este hecho se declara de manera explícita en las Escrituras una y otra vez36. El gran mensaje de salvación de la Biblia son las buenas noticias en lo concerniente al reino de Dios37. El reino de Dios es la gran cosmovisión de las Escrituras: el Dios que nos creó no es solamente Padre por naturaleza, sino también Rey38; Él es un soberano que gobierna, y por eso el mundo que creó es un diseño jerárquico en el que hay orden y autoridad39.

Cuando los primeros hombres fueron creados, ellos se encontraban bajo la bendición y la protección de Dios, y no fueron dejados por Dios a su propio criterio respecto a qué hacer con su existencia y con la tierra en la que fueron colocados40. Dios les dio órdenes, mandatos positivos y una prohibición, condicionando su protección y bendición a su obediencia, y advirtiéndoles de la pena de la muerte si desobedecían41. El hombre, tal y como se nos revela en las Escrituras, fue creado por Dios para señorear sobre la creación, pero no para hacerlo conforme a su propia sabiduría y voluntad, sino como un virrey, bajo la dirección de la sabiduría y la voluntad de Dios, el gran Rey de todo42.

Nuestros primeros padres decidieron rebelarse contra Dios. Desafiaron su autoridad y se tornaron en pos de Satanás, el tentador de ángeles y de hombres, aquel querubín que fue el primero en rebelarse43. Ellos rechazaron la autoridad de Dios y desearon convertirse en dioses autónomos; es decir, quisieron decidir por sí mismos qué hacer con su existencia. Inventaron sus propios propósitos y legislaron sus propias leyes y crearon, de esta manera, su propio reino44.

Dios, como Juez justo, expulsó de su reinado a nuestros padres, retiró de ellos su protección y bendición, y los maldijo a ellos y a su descendencia. Al ser maldecidos por Dios, perdieron, en su naturaleza humana, la pureza, la belleza y los poderes de su semejanza original a Él, fueron condenados al castigo eterno y entregados en manos de Satanás, dado que confiaron en él en lugar de creerle a Dios45.

Sin embargo, Dios prometió que un día, un hijo de Eva se levantaría para vencer al diablo, arrebatarle su autoridad sobre los hombres y restaurar el reino de Dios en la tierra una vez más46. Así, en el tiempo preciso, Dios envió al hijo de Eva esperado, pero no vino por voluntad de carne ni de varón, sino que el que vino fue enviado del cielo y es preexistente: el enviado fue el unigénito Hijo de Dios, divino y coigual al Padre, en naturaleza humana encarnada47.

El Hijo de Dios, en la persona de Jesús, que comparte completamente la naturaleza divina y la naturaleza humana, sin fundirse la una con la otra, venció a Satanás en carne humana. A pesar de sus constantes tentaciones y grandísimas pruebas, Jesús vivió una vida de perfecta obediencia a la voluntad de Dios el Padre. Al final de su vida, Él pagó el costo total de nuestra rebelión al cargar sobre su cuerpo y sobre su alma la justa maldición del hombre, mientras colgaba de una cruz48. Sin embargo, al tercer día de muerto, puesto que era justo, la muerte no pudo retenerlo y Dios lo resucitó, dando con ello un testimonio público de la aprobación de su ofrenda sacrificial y exaltándolo como su Rey elegido49.

Luego de resucitar, pasó cuarenta días con sus discípulos y les dio instrucciones a sus apóstoles en lo concerniente al reino de Dios. Asimismo, les ordenó predicar en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones y enseñarles a guardar todo lo que Él mandó. Después de esto, Jesús ascendió a los cielos y fue coronado como el Rey mediador entre Dios y los hombres, sentándose a la diestra de la Majestad en las alturas50.

De esta forma, como segundo Adán y como el Dios-hombre que venció y cumplió con la misión en la que fracasó el primer Adán, Jesús comenzó la restauración del reino de Dios, hasta que finalmente sujete todas las cosas en armonía con la voluntad de Dios, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra51. Por lo tanto, creemos, confesamos y declaramos que hoy Jesucristo es, en virtud de sus méritos y por decreto de Dios Padre, el Señor de los señores y el Rey de los reyes 52.

Además, creemos que Jesús, luego de haber ascendido a los cielos, liberó y derramó el Espíritu Santo de la promesa, a fin de empoderar a todos los que se reconcilian con Dios a través del arrepentimiento y la fe en Él, para que puedan vivir una vida de santa obediencia, vencer a Satanás y sus demonios, y predicar las buenas nuevas del reino hasta que Él vuelva53. Por consiguiente, proclamamos que el reino de Dios ha regresado a la tierra y que su avance es indetenible, puesto que el diablo ha sido derrotado al perder la única arma con la que se apoderaba del hombre —a saber, el pecado no cancelado— y puesto que Cristo se encuentra hoy en la tierra, por su Espíritu, habitando en sus discípulos54.

Llamamos, por tanto, a todos los hombres a volver al reino de Dios por el camino que Jesús abrió a través de su vida perfecta, muerte sustitutiva y resurrección victoriosa. Por el precio pagado con la sangre de Jesucristo, las puertas del reino se han abierto liberalmente, y cualquiera puede entrar sin pagar precio alguno, aunque a condición de confesar con consagrada lealtad que Jesucristo es el Señor y de creer en su corazón que Dios lo levantó de entre los muertos55. Este es el Evangelio enseñado en las Escrituras56, y creemos que todo el consejo de Dios debe ser enseñado a los que han creído bajo esta gran cosmovisión del reino de Dios57.

IV

Sobre la identidad y el trabajo de los seguidores de Jesús como discípulos

Creemos que todos aquellos que se someten al señorío de Cristo, se reconcilian con Dios y pasan de la potestad de las tinieblas al reino del amado Hijo58, asumen la identidad, la posición y la actitud de discípulos59.

Muy pocas veces las Escrituras se refieren a los seguidores de Jesús como creyentes60. La palabra cristianos, que es la más común en la actualidad, no fue usada por los seguidores de Jesús para autodenominarse a sí mismos, sino por los enemigos de la fe, para referirse a ellos de manera despectiva61. Los primeros seguidores de Jesús se referían a sí mismos, principalmente, de dos maneras: como discípulos y como esclavos del Señor Jesucristo62. Así es como hablaban unos de otros y así es como se presentaban a sí mismos ante los demás.

El término «discípulos» hace referencia al hecho de que estos seguidores reconocen a Jesús como su Maestro, y han dedicado sus vidas a conocer, vivir y difundir sus enseñanzas63. El término «esclavos» está estrechamente relacionado con el término discípulos, ya que hace referencia a la actitud y el rango de un discípulo, a saber, que los primeros seguidores de Jesús lo veían no meramente como un Maestro con autoridad académica, sino como el Señor y Amo del reino de Dios, y se sometían a Él como súbditos bajo su cuidado y autoridad64.

Por lo que un discípulo es alguien que no solamente cree en todo lo que Jesús dice como Maestro, sino que también hace todo lo que Jesús manda, como un súbdito que obedece a su Rey65. La iglesia, entonces, es una comunidad de discípulos de Jesús que se dedican a hacer otros discípulos de Jesús66. Confesamos y afirmamos, entonces, que el llamado de los seguidores de Jesús no es solamente a impartir a los hombres una instrucción doctrinal, a modo de información, sino a enseñarles a vivir, de manera práctica, de acuerdo a todo lo que Jesús mandó67.

Creemos que Jesús es, respecto a este mandato que ha dado a la iglesia, el gran modelo y ejemplo de sus seguidores, no solo respecto al contenido de la enseñanza que sus discípulos deben impartir, sino también en la manera y método de hacerlo68. Con esto, decimos a todos los que profesan creer en Jesús como Señor que, en lo que respecta a la estrategia para cumplir con la gran comisión de hacer discípulos de todas las naciones, nadie tiene su permiso para alterar las instrucciones que, con su vida y enseñanza, nos ha dado.

Por ende, no hay en este asunto libertad para innovar y añadir nuestra sabiduría a la sabiduría de Dios, y así negar la suficiencia de las Escrituras para todo lo concerniente a la fe, la práctica y el poder de Dios69. Confesamos y declaramos, entonces, que siguiendo los pasos de nuestro Maestro, debemos predicar el Evangelio a los incrédulos, y luego dedicar nuestras vidas a instruir a los creyentes sobre cómo vivir como discípulos de Jesús, enseñándoles con nuestras palabras y con nuestro ejemplo, tanto de manera doctrinal como aplicando las enseñanzas de Jesús a sus propias vidas.

Asimismo, debemos procurar instruirlos y equiparlos completamente, y perfeccionarlos hasta el grado en que ellos sean enteramente capaces de discipular también a otros, a fin de que la cadena de discípulos continúe hasta que Jesús regrese70. Creemos y afirmamos que, de esta manera y no de otra, enseñando a los nuevos discípulos como un padre enseña a sus propios hijos, no solo de manera general a un grupo o multitud sino también de manera particular a cada uno, se transmite la fe y se conserva la piedad, se alcanza la irreprensibilidad y se cumplen los propósitos de Dios71.

Concluimos, entonces, que este es el llamado de la gran comisión, que así lo ordenó Jesús y así lo entendieron y practicaron los apóstoles, y que las buenas obras, los seminarios y todos los programas ministeriales ocurrentes de ninguna manera sustituyen la responsabilidad que cada discípulo tiene de proclamar el Evangelio personalmente con los perdidos y de enseñar, de la misma manera personalizada, a los que crean72.

Creemos que las buenas obras, los seminarios y todos los programas de ministerios ocurrentes son útiles en gran manera y buenos, pero solo si se utilizan de manera complementaria a la tarea de evangelizar y enseñar de manera personalizada; de otra manera, seremos hallados edificando con madera, heno y hojarasca, en lugar de piedras preciosas, oro y plata, porque estaríamos haciendo la obra de Dios a nuestra manera y no según Cristo73.

V

Sobre la Persona del Espíritu Santo como el sustituto de Jesús para nuestros días

Creemos que el Espíritu Santo es el sustituto de Jesús para nuestros días. Jesús fue enviado con la misión de lograr nuestra redención, dar testimonio de la verdad y discipular a los apóstoles de la iglesia74. Luego, Él ascendió a los cielos y fue coronado como el Rey de todo a fin de dirigir los hilos de la historia conforme a los propósitos del reino de Dios.

Pero prometió que sus discípulos no quedarían huérfanos tras su partida, debido a que el Padre enviaría a Otro —el Espíritu de verdad— como su sustituto, a fin de enseñarles todas las cosas y capacitarlos con poder para llevar adelante la gran comisión de hacer discípulos de todas las naciones75. Jesús dijo, de hecho, que era conveniente que sea el Espíritu Santo el encargado de dirigir y proteger a la iglesia en su misión.

El Espíritu vendría a hacer más que enseñar, a saber, haría de todos sus discípulos su habitación, y así los llenaría de poder, amor y dominio propio, de la misma manera que lo hizo con Jesús; incluso los dotaría con capacidades que, bajo la bendición de su reinado mediador y en su providencia, les concederían hacer obras incluso mayores que las de Jesús76.

Efectivamente, la promesa se cumplió tras la venida del Espíritu Santo y el comienzo de la misión de la primera iglesia. Los apóstoles recibieron el Espíritu Santo e, investidos por su poder, lograron convertirse en los líderes que eran incapaces de ser mientras estaban aprendiendo junto a Jesús77. Ellos predicaron el Evangelio del reino asistidos y ayudados por el Espíritu Santo, y vieron una cosecha superabundante de conversiones donde antes Jesús había sido rechazado.

Asimismo, su predicación estuvo acompañada por las señales y prodigios que hacía el Espíritu para demostrar que eran respaldados por Jesús y que el reino de Dios había venido para deshacer las obras del diablo78. A continuación, los apóstoles y luego sus discípulos —y así sucesivamente— lograron predicar el Evangelio del reino con poder y plantaron iglesias, en el poder que da el Espíritu, en todos los lugares adonde llegaron79.

Creemos, confesamos y declaramos, entonces, que no hay poder espiritual, militar, político, ideológico o cultural que pueda detener el avance del reino de Dios, porque el Espíritu Santo está con la iglesia, en medio de ella, delante de ella, sobre ella y en cada uno de los discípulos como Espíritu de poder, sabiduría, amor, santidad y dominio propio80. Creemos también que el Espíritu Santo ha sido dado hasta el fin del cumplimiento de la gran comisión y el retorno del Señor Jesús, para cosechar los frutos del sacrificio de Cristo.

Por lo tanto, afirmamos que, dado que la iglesia goza hoy de los mismos recursos que el Espíritu derramó abundantemente sobre ella desde un principio81, no hay nada imposible para la iglesia, a menos que, por su incredulidad y desobediencia, sea engañada y no haga uso del poder del Espíritu, y así caiga derrotada. Concluimos, entonces, que en estos días del nuevo pacto, el Espíritu Santo ha sido derramado abundantemente en el pueblo de Dios. El Espíritu capacita a cada hijo de Dios para llevar una vida de santidad irreprensible delante de Dios y de los hombres, lo dota con dones y reparte, según su soberanía, distintas capacidades a cada uno de ellos, con el fin de que nada le falte a la iglesia para cumplir competentemente la gran comisión82.

Por lo que creemos y afirmamos, tal y como nos lo ordena la Escritura, que la iglesia en general y cada discípulo en particular debe buscar ardientemente ver más y más manifestaciones de la presencia del Espíritu en su medio, conforme a los designios soberanos de Él para cada época y cada creyente. Así, los incrédulos, al ver la presencia del Dios vivo moviéndose entre su pueblo, se postrarán y adorarán, y la iglesia será instruida de manera vivificante, consolada en todas sus aflicciones, dirigida en su misión y peregrinaje, y dotada de tal manera que nada le falte para ser competente y útil en toda buena obra83.


VI

Sobre la justificación del hombre

Creemos que el hombre, en su estado natural, carece de poder para alcanzar su propia salvación, tanto en términos de querer como de hacer, y tampoco tiene forma de escapar de la condena impuesta por la ley debido a su desobediencia84. Afirmamos y proclamamos que el Dios santo y justo no puede simplemente perdonar los delitos del pecador rebelde sin quebrantar su propia santidad y justicia, tal como ha sido revelado desde tiempos antiguos85.

El Dios que ha creado los cielos y la tierra es tremendo en santidad y justicia, por lo que para Él no es posible ser tentado por el mal, ni justificar al malvado, ni tener comunión con una criatura cuya naturaleza se inclina hacia lo que es malo y vil86.

Por consiguiente, el hombre no tiene posibilidad alguna de alcanzar su propia salvación ni de redimirse a sí mismo, y Dios, quien aborrece la corrupción de aquellos que justifican al impío, no dejará de cumplir su palabra, transmitida a Adán en un principio, respecto a que el pago del pecado es la muerte, tanto física como espiritual87.

En las Escrituras, Dios se revela reaccionando con indignación, ira, tristeza, juicio y venganza ante la rebeldía del hombre pecador, mientras que el hombre se nos revela completamente carente de méritos y virtud, y todas sus buenas obras, con las que intenta expiar su pecado o ganar mérito para ser declarado justo ante Dios, como vanidad y trapos inmundos88. A causa de un solo pecado, la muerte hizo su entrada en el mundo y esta condición es humanamente irreversible, agravándose constantemente, ya que desde la caída, los seres humanos no han hecho más que añadir pecado sobre pecado89.

No obstante, Dios, quien es rico en misericordia, ha respondido al pecador no solo con indignación, ira, tristeza, juicio y venganza, sino también con amor y gracia, y en su sabiduría encontró la manera de declarar justo al injusto a través de la gran obra llevada a cabo por su Hijo, el Señor Jesucristo90.

Fue la voluntad tanto del Padre como del Hijo y del Espíritu Santo que el Hijo se encarnara, asumiendo la naturaleza humana y viviendo como una criatura bajo la voluntad del Padre y la guía del Espíritu Santo, sin dejar de lado su naturaleza divina, para convertirse en el segundo Adán y la nueva cabeza de la humanidad, con el propósito de representarla tanto en su vida como en su muerte, de manera que a través de los méritos de su justicia activa y pasiva, pudiera ocupar posicionalmente el lugar del pecador91.

De este modo, el Hijo ingresó al mundo con la misión de vivir una vida de perfecta obediencia a la voluntad de Dios, impulsado por su amor hacia Dios y hacia el hombre, y al final, entregarse como un cordero inmaculado y sin mancha, sublime y perfecto más allá de los cielos, para cargar sobre sí mismo el pago total por los delitos de toda la raza humana, siendo quebrantado y molido bajo la ira de Dios su Padre, en la condena que el hombre merece92.

Así, los pecados del hombre fueron imputados a Jesús, el Mesías, Hijo de Adán e Hijo de Eva, y los méritos de su vida perfecta son potencialmente imputados a toda la raza humana, de manera que cualquier ser humano en cualquier lugar pueda apropiarse de ellos a través del arrepentimiento y la fe en su preciosa sangre93. De esta manera, Dios ha demostrado ser tanto justo como el que justifica a aquellos que ponen su fe en Jesús, resolviendo así el dilema entre su justicia y su misericordia, y nuestro pecado, y manifestando su infinita sabiduría al haber demostrado ser capaz de exaltar al máximo todo el panorama de sus perfecciones, revelando en la vida, muerte y resurrección de su Hijo la gloria de su justicia y la gloria de su gracia, y cumpliendo así todas y cada una de sus palabras y promesas, ya sean de advertencia o de salvación, por amor de su nombre y por amor a los hombres94.

VII

Sobre la gracia de Dios capacitando al hombre

Creemos que el hombre, tal y como nace, se encuentra depravado y corrompido en su naturaleza, de tal manera que las virtudes de la imagen de Dios en él se han torcido. Su condición es tal que es incapaz de volverse a Dios por sí mismo, o de responder al llamado de Dios, a menos que la gracia de Dios lo asista. En su gracia, Dios alumbra su mente entenebrecida, ablanda su duro corazón, restaura en alguna medida las virtudes de la imagen moral de Dios en él, y así lo inclina al arrepentimiento y la fe95.

Creemos también que la gracia de Dios se manifiesta a todos los hombres, debido a que Dios quiere que todos los hombres sean salvos y que ninguno perezca en sus pecados96, pero también afirmamos que esta gracia se manifiesta de distintas maneras, en distintas medidas y por distintos medios, y que puede, en todos los casos, ser resistida97. Creemos, por tanto, que todos los hombres del mundo son en alguna medida influenciados por la gracia de Dios.

La gracia de Dios trabaja de distintas maneras o por distintos medios: a través de la conciencia, de la contemplación de la gloria de Dios proclamada en la creación y de su providencia de bendición y castigo. Por esta gracia, todos los hombres son restringidos de su maldad y llamados a volverse a Dios98. No obstante, como regla operativa general, creemos que los hombres solo despiertan a la gravedad de su condenación y a su necesidad del perdón y del poder salvífico de Dios cuando escuchan con humildad la predicación del Evangelio99.

Así, la gracia de Dios trabaja en los corazones de los hombres de todo el mundo para que conozcan su impotencia y miseria, despierten a su necesidad de salvación y crean al recibir la palabra de su gracia100. Creemos que quienes reciben la gracia de Dios por el Evangelio son regenerados por la misma gracia, y son habitados por el Espíritu Santo, y así son dotados para llevar una vida de santidad en medio de las tentaciones del mundo caído101.

Luego, la gracia de Dios continuará operando poderosamente en los discípulos. En cada etapa, hará en ellos y por ellos todo lo necesario para que puedan elegir el bien102. Los dotará para que den más y más fruto, producirá en ellos tanto el querer como el hacer y restaurará progresivamente la imagen moral de Dios en sus almas, hasta que todos alcancen la medida de la estatura de la plenitud de Cristo103.

Finalmente, la gracia de Dios completará su obra glorificando a todos los hijos de Dios al quitar el pecado de su naturaleza para siempre, ya sea tras su muerte o al venir Cristo. De este modo, el pecado será vencido, la imagen de Dios volverá a resplandecer en ellos sin defecto ni mancha104 y su glorioso amor será exaltado.

Ahora bien, también creemos y confesamos que, aunque esta gracia es suficiente para la salvación de todos los hombres y sobreabunda sobre su pecado y sus necesidades, y a pesar de su persistencia misericordiosa, la salvación universal no se logra. Esto se debe a que los hombres pueden resistir la gracia de Dios, y de hecho lo hacen.

Creemos también que incluso los que han creído no están exentos del peligro de caer, si descuidan la gracia y la rechazan105. Por lo tanto, proclamamos junto con las Escrituras que muchos son los llamados pero pocos los escogidos106, y que incluso el justo con dificultad se salva107, por lo que amonestamos al que crea que está firme para que mire que no caiga y venga a ser eliminado108, y decimos a todos los que escuchan la voz del Espíritu que no endurezcan su corazón109.

Reconocemos y confesamos, en conclusión, que por nosotros mismos no podemos hacer más que añadir pecado al pecado110, y que separados de la gracia que es en Cristo Jesús no podemos hacer el bien, ni guardar el más pequeño de los mandamientos111. Por esta razón, procuraremos —y llamamos a procurar a todo el que tenga oídos para oír— buscar fervorosamente la gracia de Dios por todos los medios disponibles, tales como la oración 112, el estudio y meditación de las Escrituras113, la exposición a la predicación114, la comunión con los santos115, la participación reverente de la Cena del Señor116, el servicio constante y esforzado al prójimo117, y el aprovechamiento de la disciplina del Señor118, para estar entre los vencedores que perseveran hasta el fin y llegar a ser considerados dignos de entrar en el siglo venidero119.

VIII

Sobre la salvación y sus evidencias

Creemos que todos aquellos que se han reconciliado con Dios y han nacido de nuevo dan evidencia de que esto es así. En sus vidas se manifiestan los frutos de una obediencia plena y feliz a la voluntad de Dios, fruto de un amor supremo por Él, el cual es producido por la verdad del Evangelio.

La verdad, revelada en el corazón, es lo que produce un amor supremo por Dios, y ese amor supremo motiva a estos escogidos a obedecer lo que saben del carácter y la voluntad de Dios de manera plena y sin reservas; y no solo de manera plena y sin reservas, sino también gozosamente, incluso en medio de la persecución, la aflicción y las pérdidas ocasionadas por su identificación como discípulos de Jesús120. De esta manera, la fe en la verdad es la raíz de la vida de los salvos, su amor supremo por Dios es el tronco pétreo y robusto de sus afectos y disposiciones, y su obediencia plena y feliz son las ramas y toda su copa llena de copiosos frutos121.

Por tanto, confesamos y declaramos que la verdad del Evangelio no debe ser solamente recibida en la mente, sino también revelada en el espíritu del hombre por el Espíritu de Dios, para que el hombre pueda ver el resplandor de la gloria de las excelencias de Jesús con los ojos del corazón. De esta manera, las tinieblas de su ignorancia se disipan y las argumentaciones y los razonamientos altivos implantados en su alma por el diablo son destruidos122. Entonces, cuando Cristo es revelado al corazón, la verdad trae no solamente información a la mente sino también una convicción al corazón, la cual conduce a la transformación de toda la vida123.

El resultado de un corazón que cree y abraza la verdad del Evangelio del reino es amor por Dios, y no un amor en parte o un amor dividido, sino un amor supremo, es decir, supremo sobre cualquier otro afecto y sobre el amor propio. Este amor pone a Jesús, el Rey, no solo como su primera lealtad, sino como la única. Este amor desplaza cualquier preferencia que anteriormente haya ocupado el lugar de un ídolo, y convierte, por amor de Cristo, todos los tesoros anteriores en basura; en otras palabras, este amor renuncia a todo y lo pierde todo para ganar a Cristo124.

De este amor supremo que mueve al creyente a aborrecer incluso su vida hasta la muerte para glorificar a Dios nace una obediencia total a toda la voluntad de Dios125. Y a medida que más luz es impartida al discípulo, y más conoce acerca de quién es Dios y de cuál es su voluntad, inmediatamente se somete a la revelación, puesto que la consagración en alma y cuerpo a toda la guía del Espíritu es su incondicional disposición126.

Esta obediencia es a su vez gozosa, porque el hombre a quien Cristo le ha sido revelado —aquel que se ha encontrado con Cristo— con gozo va y vende sus ídolos, sus amores y todas sus posesiones, a fin de obtener a Cristo, puesto que Él se ha convertido en su todo en todo, y ahora nada sabe y nada le importa aparte de Cristo, por amor del cual ha sido crucificado para el mundo y el mundo crucificado para él127. Así, el cristiano alcanza la libertad del pecado y su engaño, y ya nada le ata ni le detiene, de tal manera que ganar el mundo entero o perderlo todo no cambia su satisfacción en Cristo, porque nada tiene en el cielo sino a Jesús y, en la tierra, ya nada desea sino a Cristo128.

Confesamos y declaramos que esta es, según las Escrituras, la definición de un verdadero discípulo de Jesús129, y que los que no muestran tales frutos no han pasado de muerte a vida, o que, habiendo pasado anteriormente de la potestad de las tinieblas al reino del amado Hijo de Dios, han sido endurecidos por el engaño del pecado y se han apartado del Dios vivo, debido a la contaminación de la raíz de un corazón malo de incredulidad que ya no considera a Jesús como un tesoro de infinito valor y hermosura130.

IX

Sobre la santificación

Creemos que el discípulo, luego de convertirse de los ídolos a Dios y de renunciar a todo pecado del alma y del cuerpo, inicia su proceso de santificación. Afirmamos que la santificación consiste en la conformación progresiva del discípulo al carácter y la voluntad de Dios, quien parte desde su comprensión y estado iniciales hacia la perfección de conocimiento y de vida131.

De esta manera, el cristiano, conforme crece en su conocimiento de quién es Dios y de cuál es su voluntad, da muerte a pecados en grados y formas en las que antes era ignorante. Así la imagen de Dios en él continúa siendo restaurada, no solamente al ser limpiado —es decir, al ser mitigado el pecado existente en él— sino también al desarrollarse en su naturaleza toda virtud de carácter semejante a Dios132. Ahora bien, puesto que la imperfección del cristiano es grande, los grados de santificación son muchos, y el discípulo se mueve dinámicamente a través de ellos durante toda su vida.

Afirmamos, además, de acuerdo a las Escrituras, que la perfección moral en el proceso de santificación no puede alcanzarse en esta vida, por lo que el pecado seguirá siendo no solo una tentación para el discípulo, sino eventualmente un tropiezo en su vida y una causa de lamento133. No obstante, creemos que las Escrituras también nos enseñan que hay distintas etapas generales en el proceso de santificación, y que en todas ellas el discípulo puede crecer en la victoria sobre el pecado y el desarrollo del carácter y de toda virtud, por lo que, al conocerlas, estas lo instruyen y alientan.

Las etapas son tres: la etapa inicial, en la que el hijo de Dios es tan solo un niño espiritual, todavía inestable e inmaduro, susceptible al engaño del diablo y a los tropiezos del mundo134; la etapa intermedia, en la que el hijo de Dios es un joven en el reino, quien usa diligentemente los medios de gracia, y quien ya ha aprendido a luchar contra el maligno y a vencerlo135; y la etapa avanzada, en la que el hijo de Dios se ha convertido en un padre espiritual en el reino, en quien el amor y el conocimiento de Dios se han perfeccionado.

De estos últimos, la Escritura dice que han alcanzado la estatura de la medida de la plenitud de Cristo, y que han obtenido la completa santificación en alma y cuerpo. Esto significa que, aunque todavía el pecado está presente en ellos y los debilita, rara vez caen en él, porque no resisten al Espíritu Santo, como suelen hacer los niños, ni tampoco son inexpertos en la lucha como en el caso de los jóvenes. En cambio, su conocimiento, su fe, su discernimiento y sus buenos hábitos son fuertes, y Dios cuenta con ellos136. Puesto que caminan con Dios en madurez de conocimiento y obediencia, los propósitos de Dios se cumplen en estos padres, y se convierten así en ejemplos de la grey, y maestros y cuidadores de los que no han alcanzado mayor crecimiento.

Llamamos, por tanto, a cada hijo de Dios a crecer hasta alcanzar toda la madurez posible de este lado del cielo137. También les rogamos que añadan fe sobre fe y virtud sobre virtud, santidad sobre santidad y mortificación del pecado sobre mortificación, porque si abundan en estas cosas, nunca estarán ociosos ni sin fruto respecto al conocimiento de Cristo, sino que podrán convertirse en padres y maestros138. De esta forma, no resbalarán jamás, sino que les será dada una generosa y amplia entrada en la gloria venidera, y serán llamados grandes cuando el reino de Dios sea consumado y todos los enemigos de Jesucristo sean puestos debajo de sus pies y de los de sus fieles discípulos139.

X

Sobre la perseverancia en el camino

Creemos que si aquellos que han creído, a pesar de haber recibido en su conversión todo lo que necesitan para llevar una vida de piedad, descuidan la gracia de Dios, y dejan de velar en oración y de renovar sus mentes en la palabra de Dios, el remanente de pecado en ellos puede fortalecerse. De esta manera, el proceso de su conversión puede invertirse: sus corazones pueden endurecerse, pueden volverse incrédulos y, finalmente, apartarse del Dios vivo140.

Algunos de los que se separan de Cristo, como hijos pródigos, tienen todavía la oportunidad de arrepentirse de sus pecados y de volverse a Dios141; pero otros, habiendo llegado a cometer el pecado imperdonable, al tener por inmunda la sangre del pacto en la cual fueron santificados y ultrajar al Espíritu de gracia, caen más lejos y más profundamente que los primeros, y ya no pueden ser renovados para arrepentimiento142.

Por lo que confesamos con humildad y quebranto que el cristiano es débil de principio a fin, que son muchos los que caen de la gracia de Dios y que por poco el justo se salva143. Por lo tanto, afirmamos, junto con las Escrituras, que la salvación de cada discípulo ha de ser un proyecto comunitario en el que se debe rescatar a los débiles, sostener a los que dudan y, a otros, arrebatarlos del fuego. Será necesario hacer volver a los tibios y negligentes de su extravío144, exhortar cada día a cada uno para que el pecado no los engañe145, y que cada discípulo estimule a los demás al amor y a las buenas obras en todo tiempo146; y mucho más al ver la multiplicación de la maldad y al considerar que la segunda venida de Cristo está a la puerta147.

Llamamos, por tanto, a los discípulos a temblar y no pecar148, a confesar constantemente sus pecados149, a comprometerse unos con otros para fortalecer sus manos y llevar sus cargas juntos150, a despojarse no solo del pecado sino de todo peso lícito pero innecesario, y así correr y luchar con disciplina, con los ojos puestos en Jesús y esforzándose en la gracia151, de tal manera que obtengan el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús152.

XI

Sobre los grandes mandatos de Dios al hombre

Creemos que Dios ha dado tres grandes mandatos al hombre en la presente era del nuevo pacto, a los cuales llamamos: el mandato legislativo, el mandato cultural y el mandato redentor. Afirmamos que estos tres grandes mandatos representan los grandes trabajos del hombre, en los que éste haya identidad, gozo y propósito práctico. Cumpliendo con estos mandatos los hombres deben procurar activamente traer el orden, la bendición, la justicia, el gozo y la paz del reino de Dios a sus familias, a la sociedad y a la iglesia153.

Llamamos mandato legislativo, en lo que respecta al varón, a la comisión que Dios le ha dado de proteger, instruir y proveer a su mujer y a sus hijos; y respecto a la mujer, al llamado de ser la ayuda idónea del varón como la autoridad de la familia, y de proteger, instruir y proveer para sus hijos154. En segundo lugar, llamamos mandato cultural a la orden que Dios ha dado a los hombres de desarrollar la civilización, por medio del trabajo en la tierra a través de vocaciones que contribuyan al bien común155. Y llamamos mandato redentor a la gran comisión, dada por Jesús, de predicar el Evangelio a toda criatura, y de hacer discípulos enseñando a los creyentes a guardar todo lo que Jesús mandó156.

También creemos que estos tres grandes mandatos representan esferas de trabajo y autoridad diferentes pero relacionadas. La familia tiene su propio orden y sus autoridades, con el varón como la cabeza de la mujer, y con la mujer como la autoridad sobre los hijos. Lo mismo sucede con las naciones, en las que el pueblo designa autoridades representativas a las que delega el cuidado de sus derechos. Asimismo, en la iglesia Dios designa ministros que gobiernan, reconocidos por la comunidad de discípulos. Por lo tanto, el discípulo debe respetar las diferencias de estas esferas y entender que, aunque cada una de ellas difiere respecto a su orden y a sus autoridades asignadas por Dios, todas deben actuar y funcionar en armonía con la voluntad de Dios, para no ser descalificadas y castigadas157.

Creemos y proclamamos que estos tres grandes mandatos deben estructurar y dirigir el proceder en la vida de los cristianos, y que ninguno de ellos debe ser cumplido a expensas de otro, sino que los tres deben ser obedecidos en armonía y con un justo equilibrio con las prioridades del reino, con toda diligencia y con espíritu fervoroso, de acuerdo a la voluntad revelada de Dios, porque de estas maneras nos ha pedido Dios que lo glorifiquemos en el mundo y llevemos mucho fruto para Él158.

Llamamos, por tanto, a todos los cristianos a no descuidar lo que se les ha ordenado, y no dejar de enseñar y obedecer todo el consejo de Dios, ya que si lo hacen, perderán el rumbo; traerán daño a sus familias, privarán a las naciones del fruto de sus capacidades, y dejarán al mundo sin la luz y la sal de la predicación del Evangelio y la enseñanza de la sabia y santa ley de Dios159.

XII

Sobre las ordenanzas que regulan la vida de la iglesia

Creemos que la vida de la iglesia debe ser gobernada por las ordenanzas dadas por Dios para la entrada, permanencia y expulsión de sus miembros. La primera ordenanza a través de la cual una persona se une a la vida de la iglesia es el bautismo160. Creemos que, según las Escrituras, el bautismo no es simplemente un ritual de confirmación de la fe para dar la bienvenida al nuevo creyente a la vida de la iglesia, sino que es la ocasión en la que se confiesan los pecados y se declara la lealtad a Jesús como Señor para salvación161.

En este sentido, vemos en las Escrituras que los apóstoles y la iglesia primitiva llamaban a los hombres compungidos por la predicación a bautizarse sin demora, y así demostrar la sinceridad de su arrepentimiento162. Las Escrituras también nos hablan del bautismo como la ocasión en la cual, mediante el arrepentimiento y la fe, los pecados son lavados, y nos declaran que la única condición para hacerlo es la fe y no la demostración de los frutos de la fe durante cierto período de tiempo, como se comenzó a exigir más tarde en la historia163.

Dicho esto, para no ser malinterpretados, expresamos también nuestra separación y rechazo de la doctrina conocida históricamente como regeneración bautismal. No creemos que haya algo en el agua o en el rito del bautismo que sea necesario o condicional para la salvación. Lo que observamos en las Escrituras es que el llamado del Evangelio es a expresar a Dios el arrepentimiento y la fe inicial a través del bautismo. Por eso encontramos en el Nuevo Testamento que, tan pronto los evangelistas encontraban a alguien dispuesto a reconciliarse con Dios, lo bautizaban sin necesidad de un proceso de discipulado o de exigir pruebas de su sinceridad a lo largo del tiempo.

Creemos que las condiciones de la salvación son el arrepentimiento y la fe, y que si alguien se arrepiente de sus pecados y confía en Cristo como su Salvador, es salvo, aunque no sea bautizado en ese momento o lo haga más adelante164. Sin embargo, señalamos que la práctica bíblica del bautismo es ofrecerlo como el acto en el cual el arrepentimiento y la fe deben ser expresados tan pronto como el candidato esté dispuesto a convertirse.

Declaramos, en consecuencia, que si así enseña el bautismo la Escritura y así lo practicaron los primeros discípulos, no tenemos derecho a alterar la práctica del bautismo y su propósito en el Nuevo Testamento. Pedir a los creyentes que den evidencias de su salvación mediante buenas obras o demostrando fidelidad a través de pruebas para poder bautizarse, es confundir la primera ordenanza con la segunda, es decir, la cena del Señor.

Respecto a esta segunda ordenanza —la participación en la cena del Señor—, creemos que es para todos aquellos que perseveran en la fe con una conciencia limpia, como miembros comprometidos de una iglesia local. En la cena, a través de los elementos del pan y el vino, los discípulos conmemoran el nuevo pacto y renuevan su consagración, afirmando y fortaleciendo su fe en el Señor Jesucristo165. Así, los discípulos demuestran su unidad y compromiso como miembros de un solo cuerpo, mientras esperan el regreso de Jesús por su iglesia. La cena del Señor es un evento especial, de suma reverencia y gozo. Los que participan con fe y santidad reciben gracia, mientras que los que se acercan a los elementos de manera pecaminosa reciben un juicio severo de parte de Dios, por ser considerados indignos y culpables del cuerpo y la sangre del Señor166.

Por último, respecto a la tercera ordenanza, la disciplina por el pecado, creemos que consiste, según la instrucción del Señor Jesús, en un proceso de restauración en tres etapas, en el cual se ofrece al que persiste en el pecado una oportunidad llena de gracia para arrepentirse y restablecer su comunión con el Señor. La primera etapa, tal como lo ordenó Jesús, consiste en confrontar de manera personal y privada a aquel que ha sido sorprendido en el pecado, y buscar su arrepentimiento. Si el acusado no recibe la reprensión y se defiende, entonces en la segunda etapa tiene derecho a un juicio justo donde algunos miembros imparciales de la iglesia podrán escuchar su defensa. Si los miembros que actúan como jueces concluyen que el acusado está verdaderamente en pecado y éste persiste en su defensa y se niega a arrepentirse, entonces se procede a la tercera etapa.

En esta tercera etapa, quien inició el proceso de restauración al confrontar al miembro en cuestión por su pecado, junto con los miembros que actuaron como jueces, presentan el caso ante toda la iglesia. Así, se expone al acusado como alguien verdaderamente en pecado y con un corazón endurecido, y toda la iglesia participa en el intento de rescate, llamando al acusado al arrepentimiento y la fe, reconociendo su propia debilidad y sabiendo que todos son susceptibles de caer167. Si el miembro en pecado escucha el llamado del Señor en alguna de estas tres etapas y se aparta de su mal camino, su comunión con el Señor será restablecida y habrá gozo al ver a un hermano regresar. Sin embargo, si se niega y persiste en su necedad y orgullo, en la autoridad y el poder del Señor Jesucristo, será considerado por toda la iglesia como un extraño al nuevo pacto y como un traidor del Señor, y será entregado en las manos de Satanás para que escarmiente y tenga una última oportunidad de abrir sus ojos y volverse a Dios en arrepentimiento y fe168.

En conclusión, confesamos que obedeciendo estas tres ordenanzas es como se administra la entrada, permanencia y salida de la iglesia, que es el reino de Dios en la tierra, y que a través de estas ordenanzas la gracia de Dios opera en la salvación, limpieza y protección de su pueblo escogido.

XIII

Sobre la gloria de Dios como la meta del hombre

Creemos que toda la vida en todas sus facetas y aspectos es para la gloria de Dios169. Trabajamos y descansamos para la gloria de Dios170; vivimos y morimos para la gloria de Dios171; hacemos y deshacemos para la gloria de Dios172; y comemos y bebemos para la gloria de Dios173. La gloria de Dios es la belleza de Dios tal como se nos revela no solo en su Persona, sus obras y su palabra174, sino también en todos los aspectos de la creación y la existencia175.

Creemos que glorificar a Dios en la vida consiste en ver y disfrutar esa belleza en todos los aspectos de la creación y la existencia. Demostramos que Dios es bueno al deleitarnos en todo lo que Él ha hecho por nosotros y, como respuesta, hacemos todas las cosas como una expresión de nuestro amor y gratitud por la dicha de existir para su gloria176. Cuando un hombre vive para la gloria de Dios, en lo pequeño y en lo grande, en lo ordinario y en lo extraordinario, en lo más común y en lo más transcendental, Dios sonríe al ver su propósito cumplirse177.

Creemos, por tanto, que el hombre debe amar la vida tal y como Dios la hizo y que en todo debe aprender a glorificar a Dios; debe crecer y desarrollarse en todas las maneras y facetas de su personalidad, y responder a todos los llamados que Dios le ha hecho para ocuparse en ciertas labores178. De esta manera, el cristiano se vuelve cada vez más semejante a Dios y, en consecuencia, más capaz de ver, disfrutar y reflejar su gloria con todas las fuerzas de su mente y de su corazón179.

Si bien entendemos que existen maneras más prioritarias de glorificar a Dios que otras180—que algunos mandamientos tienen más urgencia que otros—, rechazamos la idea de que existan actividades más sagradas que otras, es decir, que exista una separación entre «lo espiritual» y lo comúnmente llamado «secular»181. Llamamos, por lo tanto, a todos los hombres a vivir siempre conscientes de que se mueven delante de Dios, que en todo pueden agradar o desagradar a Dios, y a abrir los ojos de su corazón para ver que toda la tierra está llena de su benignidad182.

Les urgimos a dejar atrás la simpleza y toda necedad, para así adentrarse por el camino de la sabiduría en todas las áreas de la existencia, ya que que allí hay deleites y maravillas que Dios desea mostrar a aquellos que ardientemente desean conocerlo y honrarlo en todas las cosas de la vida183. Creemos y afirmamos, entonces, que así debe ser el estilo de vida del hijo de Dios: ir de una gloria a otra, de un deleite a otro, conociendo y dando a conocer la hermosura de Dios184, hasta que finalmente no solo la vea y la refleje, sino que también se una, con toda plenitud y por los siglos de los siglos, a la gloria de Dios185.

Nuestra confesión de Fe

Confesión de Fe (apéndice)

1 2 Timoteo 3:16-17

2 Hebreos 4:12; Juan 6:63; Hechos 20:32

3 Mateo 28:19-20; Efesios 4:11-13

4 1 Corintios 2:14; Colosenses 2:8; Isaías 8:19

5 Romanos 1:16; 1 Corintios 1:18; 1 Pedro 1:23-25

6 2 Timoteo 4:2; Hechos 20:20; Nehemías 8:8; 2 Timoteo 2:15; Santiago 1:22

7 Hechos 20:18-21; Filipenses 1:6

8 Romanos 8:29; Efesios 1:4-5

9 Génesis 1:26-27; Isaías 43:7

10 1 Corintios 10:31

11 Efesios 1:3-6; Juan 1:12-13; 1 Juan 3:1-2; Efesios 3:14-21

12 Efesios 2:4-5

13 1 Pedro 1:18-19

14 Génesis 1:26; Salmo 8:5-6

15 Filipenses 1:6; Isaías 62:1-5

16 Efesios 1:3-14

17 1 Juan 3:1; Efesios 3:14-19; Salmo 43:4

18 Jeremías 2:13; Isaías 43:7; Efesios 1:11-12

19 Efesios 3:10-11

20 Hebreos 2:10-11

21 Efesios 4:13

22 Efesios 4:4-6

23 Mateo 28:19-20; Lucas 14:23; Hechos 1:8

24 Mateo 28:19-20; Efesios 3:10-11

25 1 Pedro 1:12; Hebreos 1:14

26 Efesios 1:17-18; Colosenses 2:2-3

27Mateo 18:20; Salmo 22:3; Habacuc 2:14

28 Mateo 10:34-36

29 Lucas 12:49-53

30 Isaías 8:20

31 Judas 1:3

32 Obras de Wesley: carta a Mary Bishop, Ipswich, 5 de noviembre de 1769, Wesley Heritage Foundation, Inc., Justo L. González, p. 77.

33 Mateo 4:23

34 Lucas 8:1

35 Hechos 20:25

36 Salmo 47:2

37 Efesios 1:10

38 Génesis 1:28

39 Génesis 2:16-17

40 Salmo 72:8

41 Ezequiel 28:14-17

42 Génesis 3:5

43 Génesis 3:16-19; Lucas 4:5-6; 1 Juan 5:19; 2 Corintios 4:4

44 Génesis 3:15

45 Juan 1:1, 14

46 Hebreos 4:15; 1 Pedro 2:22-24

47 Hechos 2:24; Filipenses 2:6-11; Hechos 17:31; Hebreos 1:1-4

48 Hechos 1:2-3, 9-11; Efesios 1:20-21

49 1 Corintios 15:24-28

50 Filipenses 2:11; Apocalipsis 19:16

51 Hechos 1:8; 2:33; 1 Corintios 12:13; Gálatas 5:22-23; 1 Juan 4:4

52 Mateo 16:18; Colosenses 2:14-17; Hebreos 2:14-15; Efesios 1:2

53 Romanos 10:9; Isaías 55:1; Romanos 3:24-26

54 Marcos 1:14-15

55 Hechos 20:25-27

56 Hechos 20:27

57 Colosenses 1:13-14

58 Mateo 28:19-20; Mateo 10:24-25

59 Hechos 5:14

60 Hechos 11:26; Hechos 26:28

61 Hechos 14:21; Romanos 1:1

62 Hechos 28:19-20; Juan 13:13-15

63 1 Corintios 7:22-23

64 Lucas 6:46-49

65 Mateo 28:19-20

66 Juan 13:34-35

67 1 Pedro 2:21

68 Mateo 9:35-10:1; Marcos 3:14; 2 Timoteo 3:16-17

69 Lucas 6:40

70 Hechos 20:18-20, 31; Tito 2:7-8; 1 tesalonicenses 2:10-12

71 Hechos 8:4; Filipenses 1:27; Efesios 4:14-16; Hechos 3:12-14

72 1 Corintios 3:10-15

73 Juan 16:7-8

74 Juan 14:16-17, Mateo 28:18-20

75 Juan 14:16-17, Hechos 1:8, Juan 16:7, 13-15; Gálatas 5:22-23; 2 Timoteo 1:7; Juan 14:12

76 Hechos 2:1-4, Juan 14:12

77 Hechos 4:29-31, Hebreos 2:4

78 Hechos 6:7, 13:52, 14:21-23, 17:6, 19:10, 28:30-31

79 1 Corintios 2:4-5, Efesios 3:16-19; 2 Timoteo 1:7

80 Juan 7:37-39, Hechos 2:33, 38-39

81 1 Corintios 1:7-9, 12:4-11; Efesios 4:11-13; 1 Tesalonicenses 5:23-24

82 Hechos 4:31, 1 Juan 2:27; 1 Corintios 14:1; 1 Corintios 14:24-25; Hechos 15:32

83 Juan 14:16-17; Juan 16:13-14

84 1 Corintios 2:14; Efesios 2:1-5; 2 Corintios 4:4, 6; Hechos 16:14; Oseas 2:14, 11:4; Deuteronomio 10:16

85 1 Timoteo 2:3-4

86 Hechos 7:51, 17:26-28

87 Romanos 1:18-21, 2:3-4, 14-16; Hechos 17:16-28; Isaías 26:9

88 Romanos 10:14-15

89 Juan 1:9; Hechos 2:37-41

90 Tito 3:4-7

91 Juan 15:1-8, Efesios 4:11-16; Filipenses 2:13

92 Filipenses 3:20-21; Romanos 8:29-30; Efesios 5:27; 1 Juan 3:2

93 Hebreos 6:4-6

94 Mateo 22:14

95 1 Pedro 4:18

96 1 Corintios 10:12

97 Hebreos 3:7-8

98 Isaías 64:6

99 Juan 15:5

100 Mateo 7:7-8

101 Salmo 119:11

102 Romanos 10:17

103 Hebreos 10:24-25

104 1 Corintios 11:23-26

105 Gálatas 5:13; Isaías 58:6-11

106 Hebreos 12:5-11

107 1 Pedro 1:5-9; Mateo 16:17; Filipenses 3:7-8

108 Mateo 13:44-46

109 2 Corintios 4:6

110 2 Corintios 5:17

111 Lucas 14:26; Mateo 10:37; Filipenses 3:7-8

112 Juan 14:15

113 Romanos 12:1-2; Gálatas 2:20

114 Mateo 13:44; Hechos 20:24; Gálatas 6:14

115 Salmos 73:25, Filipenses 1:21-23

116 Juan 8:31-32

117 Hebreos 3:12-14

118 Romanos 6:22; 1 Pedro 1:15-16

119 Efesios 4:23-24; 2 Corintios 3:18

120 Hebreos 12:1

121 1 Juan 2:12-13

122 1 Juan 2:14

123 Efesios 4:13

124 Efesios 4:15

125 2 Pedro 1:5-8

126 Mateo 5:19, 25:21; Romanos 16:20

127 Hebreos 3:12-13

128 Lucas 15:17-18

129 Hebreos 6:4-7, 10:26-29

130 Mateo 24:12-13; 1 Corintios 10:12; 1 Pedro 4:18

131 Judas 1:22-23

132 Hebreos 3:13

133 Hebreos 10:24-25

134 Mateo 24:12-13

135 Salmo 4:4; 1 Juan 2:1

136 1 Juan 1:9

137 Gálatas 6:2

138 Hebreos 12:1-2

139 1 Corintios 9:24-27; Filipenses 3:14

140 Génesis 2:18; Efesios 5:22-23, 25-30, 6:4; 1 Timoteo 5:8

141 Génesis 1:28, 2:15

142 Mateo 28:19-20

143 Efesios 5:22-23, 6:4; Romanos 13:1-2; Hechos 20:28; Hebreos 13:17

144 Colosenses 3:23-24; Deuteronomio 4:9

145 Mateo 5:13-16

146 Mateo 28:19-20

147 Hechos 2:37-38

148 Hechos 2:41, 8:36-38

149 Hechos 22:16; Colosenses 2:11-12

150 Lucas 23:43

151 1 Corintios 11:23-26

152 1 Corintios 11:27-32

153 Mateo 18:15-17

154 1 Corintios 5:4-5, 1 Timoteo 1:19-20

155 Romanos 11:36

156 1 Corintios 10:31

157 Romanos 14:8

158 Colosenses 3:17

159 1 Corintios 10:31

160 Salmo 19:1

161 Isaías 6:2-3

162 1 Timoteo 6:17; 1 Pedro 3:10-12

163 Salmo 8:3-8; Isaías 62:5

164 Deuteronomio 28:1-6; 1 Pedro 3:10-12

165 2 Corintios 3:18

166 Gálatas 6:10

167 1 Corintios 10:31

168 1 Reyes 18:15

169 Proverbios 4:7, 3:13-18, 24:14; Efesios 5:15-17

170 2 Corintios 3:18

171 Romanos 8:17; Apocalipsis 3:21, 21:23

172 Filipenses 2:13

173 Apocalipsis 3:21

174 Juan 13:17; Josué 1:7

175 Romanos 3:10-12, 20

176 Éxodo 34:6-7

177 Habacuc 1:13

178 Génesis 2:17; Romanos 6:23; Proverbios 17:15

179 Salmos 5:5, 7:11; Isaías 64:6; Jeremías 5:9, 15:6

180 Romanos 3:23, 5:12; Efesios 2:1-3

181 Efesios 2:4-5; Romanos 5:8

182 Juan 1:14; Filipenses 2:5-8; 1 Corintios 15:22; Romanos 5:19; 2 Corintios 5:21

183 Isaías 53:4-6; Juan 1:29; Hebreos 10:7-9; Filipenses 2:8; Hebreos 4:15; 1 Pedro 1:18-19

184 2 Corintios 5:21; Romanos 5:18-19; Juan 3:16; Hechos 20:21

185 Romanos 3:24-26; Romanos 5:8; Efesios 1:7-8; Salmo 85:10; 2 Corintios 1:20

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